La premisa es importante: todo el que gusta de tomar vino sabe de vino. Es sencillo, cuando pruebas o bebes, sabes si lo que te estás metiendo en la boca (u oliendo) te gusta o no; por tanto, entiendes de vino. Otra cosa —es verdad— es catar y distinguir aromas, lo que sí exige tiempo, práctica y memoria olfativa.

Dicho esto, no hay que ser un experto de ningún tipo para poder disfrutar de una botella sentado a una mesa; lo importante es acertar o que te guste la elección. Y es aquí donde llegan las dudas respecto a cómo actuar cuando te lo dan a probar, y en ocasiones motivo para renunciar a tomarlo por el protocolo previo que conlleva. Aunque no debería serlo: mover la copa es sencillo, se le puede dar unas pocas vueltas sin despegarla de la mesa, y olfato y gusto tenemos todos. El sumiller o el 'maître' del establecimiento deben servir una copa para que el cliente pueda comprobar si es de su gusto, y después este tiene criterio propio para responder. ¡Es solo eso!

Si tenemos dudas, lo mejor es consultar al profesional, que nos aconsejará según la comida y nuestros gustos

Lo primero de todo, si no tenemos claro qué nos apetece, podemos pedir a esos profesionales asesoramiento. Como tales, aconsejarán en función de la comida, de los gustos e incluso podrán proponer etiquetas si ven que el cliente se muestra receptivo a probar 'cosas nuevas' (esto es, que no conozca). El buen profesional, además, siempre ofrecerá vinos con un precio moderado pues si gusta, los comensales no tendrán reparo en pedir una segunda botella. En todo caso, preguntar es la mejor manera de saber, y esto ni ofende ni molesta a nadie. ¡Consulta si dudas!

Miedo al ridículo

El ritual que sigue al descorche puede abrumar por poco habitual y desconocido, o para que se entienda, puro miedo al ridículo. ¿Huelo y muevo la copa? ¿Lo pruebo? ¿Y si no me gusta? Cuestiones que se suelen plantear y que son de fácil respuesta.

El momento de servirlo. (iStock)
El momento de servirlo. (iStock)

  • El sumiller sirve una primera copa esperando el visto bueno de quien la prueba para poder servir al resto de personas de la mesa. Una aprobación que lleva implícito que es la botella y añada pedidas, y está en buen estado de consumo, temperatura incluida.
  • Una vez abierto el vino, si observas que el corcho está manchado de líquido por toda la superficie (no solo en la zona de contacto con el vino) es una primera pista sobre que esa botella, a lo mejor, no se ha conservado en las condiciones indicadas.
  • Lo siguiente es comprobar, visualmente, que no tenga ninguna turbiedad sospechosa. A continuación, hay que olerlo, a copa parada primero y después tras mover la copa, para lo que vale unos pocos giros, sin ser exagerado ni excesivo (tres es suficiente), sobre la mesa o con la muñeca... Esto dependerá de la habilidad de cada uno, pero ambas igual de válidas. Las dos ayudan a oxigenar el vino para que muestre más rápido sus aromas (fruta, hierbas, flores, especias, madera…).

Los olores y sabores sospechosos son los avinagrados (síntoma de oxidación) y el que recuerda a cartón mojado

Los olores y sabores sospechosos son los avinagrados y el que recuerda a cartón mojado. Los primeros, síntomas de oxidación del vino, y el segundo, propio del TCA, un hongo que aparece en el corcho. Con uno u otro, lo suyo es comentárselo al sumiller, quien lo comprobará y seguro decidirá cambiar la botella. El cliente siempre tiene la razón y, ante la duda, el buen profesional jamás lo discutirá.

No es tan difícil. (iStock)
No es tan difícil. (iStock)

Esta misma razón hace que probar el vino resulte determinante. Manera también de comprobar que se encuentra en la temperatura adecuada; de otro modo, pedir una cubitera es la solución perfecta para que durante toda la comida o cena se mantenga en la temperatura indicada, sea el vino que sea.

Importante, los sedimentos del vino no son un problema, sino síntoma de su edad. Basta con tener cuidado al servirlo para que esas partículas se queden en la parte inferior de la botella. Si acaban cayendo en la copa, tampoco pasa nada, aparte de que a lo mejor los terminas probando… y ya está.

Tras las comprobaciones oportunas, si el vino está bien, pero no te gusta lo que has probado (por olor o sabor), en manos del establecimiento queda decidir si la cambian por otra, aunque cada vez es más normal que no pongan reparo alguno en hacerlo con la única finalidad de que el cliente se sienta a gusto. En todo caso, siempre una sinceridad educada.