Por su bajo nivel en grasas y por su facilidad a la hora de prepararlo, el pollo asado es uno de esos platos que se disfrutan especialmente en época estival. Basta acompañarlo de una ensalada para regalarse un banquete completo, barato y particularmente apropiado para compartir con la familia o en una reunión de amigos.

No obstante, tal y como suele ocurrir con las elaboraciones más elementales, los procesos se dan a veces por descontados, incurriendo en fallos que afectan al sabor, al resultado y, lo que es más grave, a la propia seguridad alimentaria.

La carne de pollo puede estar colonizada por bacterias. La limpieza y la cocción son, por ello, operaciones críticas

¿Crees, de verdad, que sabes preprarar un pollo asado a la perfección? Después de tomar conciencia de estos cinco errores típicos, quizás tengas que volver a revisar aquella receta que te fue transmitida por alguna generación anterior.

1. Lavar la pieza

Partimos siempre de la base de un pollo entero, sin vísceras ni plumas. Limpiar la pieza con agua parece, de forma intuitiva, una óptima medida para eliminar suciedad y bacterias. Se trata, sin embargo, de un error de seguridad que no debe descuidarse.

Foto: iStock.
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Tal y como advierte la Organización de Consumidores y Usuarios, en la piel del animal anidan multitud de microorganismos. Esta práctica solo consigue aumentar el riesgo de contaminación cruzada, beneficiando la propagación de amenazas, como el campylobacter o la salmonella, hacia objetos y utensilios de la cocina como la encimera, la tabla de cortar, paños, etc.

2. Descuidar los condimentos

Este es el punto en el que se nota, de forma más evidente, la manera que tiene cada casa de preparar el pollo asado. Merece la pena, por este motivo, poner un poco de esmero en el proceso y experimentar hasta ir encontrando el toque personal.

Hay que bañar la superficie del pollo con abundante aceite o mantequilla, sin olvidar los muslos y la parte interna de las alas. Una buena idea es emplear un pincel de cocina para esta operación. A partir de ahí, toca jugar con las cantidades de sal y pimienta, así como con las especias que combinan bien con esta carne, como el orégano, el romero o el tomillo.

Algunas partes del pollo se hacen antes. Es fundamental seguir ciertas instrucciones para que el horneado quede uniforme

No hay que olvidar tampoco la sal y la pimienta para el interior, donde se puede añadir también algún ramita de romero. Basta atar las patas para que el horneado acabe siendo más uniforme y colocar la pieza en una fuente de horno apropiada.

3. No tener en cuenta la posición en la fuente

Es frecuente ver en las fotografías de los medios imágenes de pollos recién horneados con sus rebosantes pechugas mirando hacia la cámara. Lo correcto, sin embargo, es que durante la primera media hora en el horno, la pechuga permanezca girada hacia el fondo de la fuente. La razón se debe a que esta parte del pollo se acaba haciendo antes y si no se deja en esta posición, acabará más seca.

4. Dejarlo olvidado en el horno

Uno de los problemas que tiene el horno es que una vez ha alcanzado la temperatura deseada, tras haber introducido la bandeja, parece que nos podemos despreocupar del plato hasta que la campanilla del temporizador haga acto de presencia. Craso error.

Foto: iStock.
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Cada cuarto de hora, el pollo debe volver a bañarse con el aceite que ha quedado en el fondo de la bandeja para impedir que se seque. Si no se lleva a cabo esta operación, el líquido acumulado puede deteriorar la piel que acabará presentando burbujas.

5. Ser impreciso con la temperatura

Un pollo poco hecho resulta muy desagradable para el gusto. Comerlo en este estado entraña, además, importantes riesgos por peligros de bacterias como el campylobacter o la salmonella.

Los tiempos de cocción son dificiles de determinar ya que dependen de las dimensiones de la pieza. El horno se suele dejar a unos 190 grados, pero a diferencia de otras carnes, la de este animal se tiene que cocinar siempre por completo. La referencia debe ser, por ello, la temparatura interior, que tendrá que alcanzar un mínimo de 75 grados. Basta comprobar visualmente la pieza para saber si está bien hecha o no (tonos rosáceos o partes pegadas a los huesos que no se pueden separar bien).

Foto: iStock.
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Aquellos que confían más en la tecnología que en la intuición pueden servirse de un termómetro especial para asados. Gracias a la aguja de esta herramienta que se clava hasta el fondo podemos conocer la temperatura interior para lograr un pollo sabroso y cuyo consumo sea también plenamente seguro.