Cava y champán son burbujas de sobra conocidas, a lo peor de oídas, pero lo más seguro es que todos, en alguna ocasión, habremos disfrutado de alguna en diversas circunstancias. De parecidos razonables pero distintas, son los vinos (porque lo son, aunque no sean tranquilos sino espumosos) más conocidos dentro de su especie y de fama mundial en el caso de los franceses. Pero no son los únicos.

El crémant francés se elabora con el método 'champènoise' y debe su nombre a la cremosidad en el paladar

Están los espumosos, una nomenclatura genérica que designa vinos con burbujas del mismo perfil que los anteriores, en cuanto a elaboración y contenido, pero que no se consideran ni lo uno ni lo otro por elaborarse fuera del radio de acción de esas denominaciones, cava y champagne. Una limitación que en el caso de los españoles deja a muchos fuera a pesar de la loca geografía que recorre la denominación del cava, dado que supera el territorio catalán para adentrarse en decenas de municipios de muy diferentes provincias españolas; aparte de las cuatro de la comunidad catalana, se incluyen varios pueblos de Álava y La Rioja, junto a dos de Navarra (Mendavia y Viana) y Zaragoza (Ainzón y Cariñena), además de la localidad valenciana de Requena y la pacense de Almendralejo.

Foto: Alamy.
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En el caso de los franceses, esos espumosos que no están en Champagne se conocen como crémant, un tipo de vino que debe el nombre a la cremosidad que presenta en el paladar, que no puede llamarse champán pero que se hace por el método tradicional, o champènoise; esto es, realizando la segunda fermentación en la botella. Se produce en diferentes regiones francesas, en concreto hay siete denominaciones de crémant controladas en el país. En general, se puede hablar de vinos más ligeros, con una burbuja más gruesa y de menor longevidad que los champanes; en el suelo y climas de procedencia reside la clave de estas diferencias.

La nueva moda: el frizzante

Seguimos con otro tipo de espumoso que responde a otro perfil de vinos porque el método de elaboración y el resultado son bien distintos. Es ese carbónico lo único que los une como su principal seña de identidad. Poco grado, dulces, frescos, jóvenes y chispeantes. Es el carácter que define a los frizzante, bebidas que se han puesto de moda hace unos años en el mercado y razón por la que surgen de forma imparable en diversos rincones del país. Con un nombre italianizado en pro de su atractivo –aunque los vinos con aguja existen desde hace muchos años entre nosotros–, el carbónico (natural o añadido justo antes de embotellarse), que produce cierto cosquilleo en la lengua, además de una baja graduación, entre 5º y 10º (pues se para la fermentación alcohólica a la mitad del proceso, con lo que no se consumen todos los azúcares), lo sitúa entre esos nuevos vinos exitosos que conquistan al público más joven y más profano. Los encontramos blancos, rosados y tintos, y casi siempre con una imagen llamativa a la conquista de ese consumidor.

Foto: Alamy.
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Para terminar, los prosecco italianos, en concreto ubicados en la zona noroeste del país, en las regiones de Veneto y Friuli Venezia Giulia. Vinos ligeros, aromáticos, frescos, primarios (dominio de notas frutales), amables al paladar sin pasarse de dulzor, y para los que solo puede utilizarse la uva autóctona giera. También tiene un menor contenido alcohólico, 11-12º, la segunda fermentación la hacen en tanques de acero inoxidable en vez de en botella y su menor complejidad requiere que se consuman a mayor velocidad pues no ganan con el paso del tiempo en la botella. Desde hace nueve años, el Ministerio de Agricultura italiano distingue entre dos categorías la producción de prosecco: la Denominación de Origen Controlada (DOC) y como superior las botellas que se etiquetan como Denominación de Origen Controlada y Garantizada (DOCG). Luego, en función de la cantidad de azúcar residual, se dividen, de menos a más, entre brut, extraseco y seco.