La salsa siracha es tailandesa y sumamente picante, pues contiene chiles. Pero lo más curioso de este sabroso mejunje es la historia que hay detrás, un relato de inmigración y fortuna propio de Hollywood. Según cuentan, pues no hay datos oficiales, hace unos 80 años, la señora Thanom Chakkapak, que vivía en el distrito costero de Si Racha (Tailandia), preparó una salsa casera picante para su familia. Sus allegados quedaron tan entusiasmados que la animaron a probar fortuna comercializando el producto.

Sin embargo, el éxito internacional de esta salsa lo fraguó un emigrante tailandés llamado David Tran, que, tras la guerra de Vietnam, se embarcó en el carguero Huy Fong rumbo a Estados Unidos huyendo del comunismo. El dato del nombre del barco no es baladí. De hecho, Tran acabó bautizando este próspero negocio, que inició en 1980 cerca de Chinatown (Los Ángeles), como Huy Fong Foods. Sí, igualito que el carguero que propició su llegada a los Estados Unidos, un país que lo acogió como refugiado y al que siempre se mostró muy agradecido.

El emigrante tailandés David Tran fue el responsable de popularizarla desde Los Ángeles

¿Y para qué sirve esta salsa picante? Pues, al parecer, todo depende de nuestra localización geográfica. Así, las personas oriundas del sudeste asiático, como Tailandia y Vietnam, la emplean para componer platos de pescado y mariscos, carne, sopas, arroces y fideos. En cambio, en Occidente, sobre todo en Estados Unidos, la incluyen en sus barbacoas, pizzas, sándwiches, hamburguesas o tortillas, entre otros. Por cierto, en Norteamérica muchos se refieren a ella como la salsa del gallo -rooster sauce- porque en el envase luce un ejemplar de estas gallardas aves. Esto se debe a que el fundador nació en el año del gallo -según el horóscopo vitenamita, que presenta ciertas semejanzas con el chino- y quiso que su salsa y él compartieran el mismo ascendiente.

Pero ¿pica mucho esta salsa?

Foto: iStock.
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El paladar español no está muy habituado a las comidas picantes. Lo cierto es que nuestra gastronomía, a excepción de algunos platos e ingredientes como los pimientos de Padrón o las patatas bravas, es bastante ajena al picante. Para saber exactamente en qué lío nos podemos meter al aderezar nuestros platos con esta salsa, podemos recurrir a la escala Scoville.

Este baremo fue ideado por Wilbur Scoville, un químico estadounidense que en 1912 midió la cantidad de capsaicina contenida en cada chile. ¿Cómo se hace esto? Pues diluyendo extracto de chile en agua azucarada y añadiendo agua con azúcar hasta que no quede ni rastro de este compuesto picante. Por ejemplo, si un chile tiene un valor de 100 en la escala Scoville significa que para erradicar el picante se ha tenido que diluir antes en agua un total de 100 veces.

Quizás nos tranquilice saber que la mencionada salsa se sitúa un poco por debajo en intensidad que los pimientos de Padrón o el tabasco. En concreto, si estos últimos tienen entre 2.500–5.000 unidades Scoville, la salsa del gallo puntúa entre 1.500–2.500 unidades Scoville. Por lo tanto, parece que su picor es asumible. Aunque podemos adquirir esta salsa en muchos supermercados españoles, sobre todo aquellos con grandes secciones dedicadas a la comida picante y salsas foráneas, es probable que os apetezca prepararla en casa. Deseo concedido si seguís las pautas de la receta que os detallamos a continuación.

Cómo preparar salsa siracha en casa

Foto: iStock.
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Ingredientes para una botella de 250- 275 ml:

  • 10 guindillas rojas (quitando el tallo verde)

  • Vinagre de arroz

  • Azúcar

  • Sal

  • 250 ml de tomate frito

  • Agua

En primer lugar, colocamos en un envase pequeño las diez guindillas, dos cucharadas de vinagre de arroz, una cucharada pequeña de azúcar y media cucharada pequeña de sal. Dejamos la mezcla en reposo durante una noche en el interior del frigorífico. Al día siguiente, extraemos las guindillas y el líquido del envase, y las trituramos con el tomate frito. Vertemos la mezcla en una olla y la cocinamos a fuego lento, removiendo cada cierto tiempo. Agregamos de nuevo dos cucharadas de agua, otras dos de azúcar, media cucharadita de sal y una de vinagre de arroz. Lo dejamos cocinando durante unos 30 minutos, como mínimo.

Cuando esté hecha, la retiramos del fuego, dejamos que se enfríe y la colocamos en una botella de cristal tapada. Antes de su consumo, debe reposar algunas horas. Además, hemos de mantenerla refrigerada y suele aguantar unos diez días, convirtiéndose así en un imprescindible de vuestras comidas.