Muchos nos hemos encontrado en esa situación: aguantar las miserias de una dieta gracias a una enorme fuerza de voluntad, con el objetivo (que al principio parece inalcanzable) de perder los kilos que nos sobran. Y de pronto, nuestro grupo de amigos organiza una cena en un restaurante. Ante esta prueba de fuego gran parte de nosotros (el autor de estas líneas el primero) aceptamos nuestro destino encomendándonos a las vanas palabras: "Bueno, por un día no pasa nada". Normalmente, esto supone el fin de la dieta en forma de fracaso absoluto. Otra opción es renegar de nuestras relaciones sociales y encerrarnos en nuestro hogar rodeados de ramas de apio y zumo de tomate (y nada más, que nos vemos venir). Por último, está el truco que siguen aquellos que gozan no solo de autocontrol, sino de un razonamiento impecable: ir a cenar al restaurante, pero siguiendo estas 6 pautas que harán que no sintamos culpabilidad por comer y que también impedirán que ganemos un solo gramo.

1. Encomendarnos al poder del aperitivo

Foto: iStock.
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Puede parecer contraproducente, pero si antes de estar sometidos a las tentaciones que ofrece una carta llena de maravillosas opciones gastronómicas, eliminamos el hambre que nos mueve con una ingesta racional y voluntaria de un snack saciante, saldremos ganando. Por supuesto, dicho aperitivo no puede consistir en unas patatas fritas o un montadito de panceta. Lo mejor siempre será encomendarnos a un yogur, a una buena pieza de fruta (como una manzana) o, si nos sentimos famélicos, a un buen caldo desgrasado. Que conste que esto es un paliativo, no una solución. El resto de la noche será dura inevitablemente.

2. Imponernos en los entrantes

Foto: iStock.
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Por supuesto, la dificultad de este paso depende íntegramente del tipo de restaurante en el que nos encontremos. Es mucho más fácil en uno vegetariano que en otro italiano, pero siempre hay opciones. Lo más normal es que pidamos varios 'primeros' para compartir. Aquí, el truco consiste en imponer nuestras decisiones y en vez de pedir, por ejemplo, una focaccia, elegir unos tomates con mozarella o un carpaccio. Lo mismo es posible en un restaurante español: olvídate de las corquetas, los calamares a la romana y los fritos, y opta por un poco de queso curado o un plato de jamón ibérico. Desde luego no es perfecto, pero es mucho mejor.

3. La elección de nuestro plato

Aunque no lo parezca es el paso más sencillo de todos. ¿Qué es mejor para nuestra línea? ¿Una parrillada de verduras o una pizza? Lo mismo es aplicable a cualquier restaurante: siempre hay un plato principal mejor que otro. En ocasiones, incluso, habrá uno que se adapte completamente al tipo de dieta que hayamos decidido seguir, por lo que la elección será todavía más sencilla.

4. Los pequeños detalles

Foto: iStock.
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En ocasiones nos encontraremos en la terrible tesitura de que tardan en servirnos la comida más de lo que es humanamente posible esperar. En este momento sentiremos la tentación de ceder y echar mano del pan. Parece extremadamente fácil de remediar, pero dado que en ese momento no parece una transgresión significativa, será muy fácil caer. El resultado inevitable será un gran sentimiento de culpa. Esta es, probablemente, la parte más dura y en la que más autocontrol deberemos ejercer.

5. La bebida

De nuevo, la lógica impera. Lo sentimos muchísimo pero el alcohol tiene calorías. Por supuesto, unas bebidas son peores que otras. Por ejemplo, la cerveza tiene aproximadamente las mismas calorías que el vino, pero consumimos muchísima más. Lo mejor que podremos hacer es recurrir a zumos, refrescos sin calorías o, lo mejor de todo, al típico y fiel vaso de agua.

6. El postre

Ese tiramisú tiene una pinta deliciosa y sabemos que nos arrepentiremos de no pedírnoslo. También nos arrepentiremos de hacerlo. Podemos intentar sustituir estas deliciosas preparaciones con otras como un sorbete sin azúcar o con fruta fresca, que ya lleva su propio azúcar natural.