El huevo es uno de los miembros más consuetudinarios de la despensa, ya que disfrutamos de su particular sabor desde hace 8.000 años y gracias a los chinos, pues fueron los pioneros de la avicultura. Un producto que, a lo largo de su existencia, ha tenido que hacer frente a las creencias que ponían en tela de juicio sus beneficios nutricionales, acusándolo de incrementar el colesterol. Pero ya son historia. De hecho, la mayoría de especialistas en nutrición y organismos como la Fundación de Hipercolesterolemia afirman que "al contrario de lo que se ha pensado siempre, el consumo de huevos no está ligado a un aumento importante de colesterol sanguíneo. Los principales responsables dietéticos del aumento de los niveles de colesterol en sangre son las grasas saturadas y las parcialmente hidrogenadas o ácidos grasos trans. Estas evidencias científicas nos permiten desterrar de forma definitiva el infundado mito de que la ingesta moderada de huevos aumenta el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares".

Asimismo, el humilde huevo posee un patrimonio nutricional de sobresaliente, pues es rico en proteínas de alto valor biológico, ácidos grasos monoinsaturados y poliinsaturados, especialmente omega 3. Además, comportan interesantes cantidades de vitaminas A, E y del grupo B y minerales esenciales como selenio, hierro, fósforo y zinc. Aunque los componentes más relevantes son la luteína y la zeaxantina, presentes en la yema, dos pigmentos con actividad antioxidante, los cuales previenen enfermedades oculares como las cataratas o la degeneración macular; y colina, una sustancia intrínsecamente ligada al buen desarrollo del cerebro y el sistema nervioso.

Según la Fundación de Hipercolesterolemia, los huevos no aumentan el colesterol sanguíneo

En los fogones, el huevo admite cientos de formas de preparación, todas ellas incuestionablemente ricas; aunque también ejerce de suculento protagonista en un largo etcétera de platos, algunos de los cuales se han convertido en auténticas genialidades de la gastronomía. He aquí algunos ejemplos.

A la flamenca

Foto: iStock.
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Muy típicos de la cocina andaluza, especialmente de Sevilla, guardan algunas semejanzas con la versión ranchera. No en vano, los huevos se cuajan en una cazuela de barro en el horno con verduras como los espárragos verdes, los guisantes, las judías o los calabacines, si bien es cierto que admite tantas posibilidades como la creatividad del cocinero le lleve a incorporar. Cuando la clara se torna blanca y la yema se muestra cremosa y untable, se extraen del horno, se añaden pedazos de chorizo o jamón y se riegan con salsa de tomate, mejor casera, pues le aportará a la elaboración autenticidad y un plus de sabor. En algunas ocasiones, le añaden un sofrito de cebolla rehogado en manteca de cerdo e incluso patatas fritas.

Rancheros

Se presentan fritos sobre tortillas de maíz, acompañados de frijoles fritos y regados con una salsa picante. El resultado es una auténtica delicia, que disfrutan en el continente americano, especialmente México, principalmente en la primera comida del día, aunque también lucen en los almuerzos o en el tentempié de media mañana. No obstante, su popularidad ha conllevado la aparición de otras versiones como los huevos divorciados, en el que uno se cubre de salsa verde y otro de salsa roja y se separan con frijoles.

A la riojana

En La Rioja, los huevos se fríen (en ocasiones, los cuecen), se colocan sobre un sofrito de verduras, el cual suele incluir cebolla, ajo, tomates, pimiento rojo y verde, y se sirven en una cazuela de barro acompañados de patatas fritas laminadas y chorizo. El resultado es una elaboración repleta de matices y con un toque campero, que sabe especialmente bien a la hora del almuerzo.

A la escocesa

Foto: iStock.
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A pesar de lo que su nombre pueda llevarnos a pensar, esta elaboración, también conocida en Reino Unido como 'scotch egg', vio la luz por primera vez en Londres, más concretamente en la tienda Fortnum & Mason, y hace más de 200 años. Su preparación es de lo más insólita, puesto que los huevos se cuecen, se rebozan en carne de salchicha fresca o picada, se empanan en pan rallado y, finalmente, se fríen en abundante aceite. Lo habitual es degustarlos fríos, acompañados de ensalada, encurtidos de frutas y verduras o 'relish', los cuales constituyen una excelente opción para los almuerzos en la playa e incluso para un pícnic estival. No obstante, también existe la versión caliente, en cuyo caso se riegan con salsa de mostaza o ranchera, siendo de lo más agradecida en los fríos días otoñales o invernales.

Con beicon

Los huevos con beicon, o 'bacon and eggs', que es su nombre en inglés, constituyen el desayuno por excelencia de los países con cultura anglosajona, cuya popularidad ha traspasado fronteras, en gran parte gracias al cine, donde muchas películas incluyen una escena de la primera comida del día con este plato como protagonista. Posiblemente, el secreto del éxito plato radica en la sencillez de sus ingredientes, cuya combinación proporciona la energía necesaria para afrontar la mañana. Aunque en ocasiones este plato, popularizado en los Estados Unidos por Edward Bernays, sobrino del insigne Freud, en los años 1920, se enriquece con otros acompañantes como las salchichas, los tomates e incluso el chorizo, sobre todo en nuestro país.

Al plato

También conocidos como huevos a la cazuela, deben su nombre la técnica con la que se elaboran. Tal y como sugiere su nombre, se hacen en el mismo plato en el que posteriormente se degustarán. Para ello, se calienta el plato, que debe ser de cerámica, barro o cualquier otro material refractario, en el horno. Cuando haya adquirido temperatura, lo ideal es que ronde los 180°C, se pinta de aceite de oliva o mantequilla y se echan los huevos. A la hora de acompañarlos, no hay reglas establecidas, pues unas veces se agregan ingredientes fundentes como, por ejemplo, el queso rallado o la sobrasada; mientras que otras, verduras, elementos cárnicos, como chorizo, e incluso coloridas salsas como la de tomate.