La ortiga -Urtica dioica L- se ha considerado tradicionalmente una mala hierba, que además despierta aprensión y rechazo por su poder urticante, debido al ácido, formado por histamina y ácido fórmico, que desprenden los pelos que recubren las hojas, el cual además la hacen tan reconocible que en la Antigüedad le valió el calificativo de "hierba de los ciegos". De hecho, seguro que hay más de un lector que ha sufrido las desagradables consecuencias de tocarla o rozarla fortuitamente, que habitualmente son escozor, irritación e incluso aparición de ronchas.

Sin embargo, esta planta silvestre se come y, además, posee un gran interés desde el punto de vista nutricional. Un aspecto que no pasó inadvertido para las antiguas civilizaciones como la romana, en la que era un ingrediente básico de su dieta, especialmente de los legionarios; y la griega, pues el médico Dioscórides mencionó en sus escritos que las ortigas tenían acción antiinflamatoria, antitusiva y diurética, además de efecto afrodisíaco y laxante. Incluso el hombre del Medievo las tenía en consideración por sus efectos medicinales y patrimonio nutricional.

Lo que aportan

Foto: iStock
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Asimismo, esta planta silvestre de tallo dentado crece en tierras no cultivadas, jardines, campos, bosques y en todos aquellos suelos con riqueza nutricional, por lo que no es de extrañar que presente un perfil nutricional de lo más valioso. Sin ir más lejos es rica en vitamina K, que interviene en la coagulación de la sangre y la salud ósea; A, vital para la salud ocular y el sistema inmunitario; ácido fólico, imprescindible para el crecimiento y el funcionamiento de las células y los glóbulos rojos; y C, que, además de mantener el sistema inmune en buen estado, tiene poder antioxidante e interviene en la producción de colágeno, una sustancia necesaria para la cicatrización de las heridas, y la absorción del hierro.

Contiene secretina, una hormona gastrointestinal coadyuvante de la digestión de los alimentos

En su composición también habitan minerales fundamentales para la salud como el calcio, encargado de velar por la salud ósea y muscular; fósforo, primordial para tener los huesos, los músculos y las células sanas; hierro, que ayuda a prevenir enfermedades como la anemia; y potasio, un mineral que el organismo necesita para casi la totalidad de sus funciones, especialmente la contracción muscular, la transmisión nerviosa y el funcionamiento del hígado y el riñón. Además, presenta un contenido escueto de sodio, siendo una excelente opción para quienes tienen que mantener controlada la tensión arterial.

No obstante, los componentes más interesantes son los mucílagos, la clorofila y la secretina. Los primeros son un tipo de fibra soluble, la cual se libera al entrar en contacto con el agua, que interviene en la prevención y el tratamiento de disfunciones relacionadas con el sistema gastrointestinal, como el estreñimiento o la eliminación de toxinas, y enfermedades cardiovasculares, pues ayuda a mantener los niveles de colesterol y triglicéridos. Por su parte, la segunda favorece la desintoxicación, la oxigenación y el transporte de la sangre. Además, alivia la inflamación y el dolor y estimula el sistema inmunológico. Por último, la secretina es una hormona gastrointestinal que estimula al páncreas, el hígado y el estómago a liberar sustancias coadyuvantes de la digestión de los alimentos.

Un manantial de posibilidades en la cocina

Hay un viejo dicho que dice que las ortigas se deben tomar antes de que lleguen las golondrinas, es decir, a partir de la primavera, que es cuando están en su máximo esplendor, si bien es cierto que se pueden consumir en cualquier mes del calendario. A la hora de manipularlas, conviene hacerlo con guantes si queremos evitar las molestas consecuencias del poder urticante de sus hojas.

Para eliminar dicho poder, basta con separarlas bien, lavarlas en agua fría o escaldarlas durante un par de minutos y estarán listas para formar parte de cualquier elaboración, cuyo tratamiento es similar al de las espinacas. Así, son ideales como ingrediente de tortillas, arroces, sopas, purés, lasañas, quichés, ensaladas... También se presentan como componente ideal de zumos, licores y batidos. Por su parte, las hojas frescas se perfilan una magnífica opción para hacer infusiones, las cuales destacan por sus propiedades diuréticas.

No obstante, a modo de inspiración, os dejamos dos recetas, que constituyen una deliciosa aproximación a esta hierba tan desconocida.

Sopa de ortigas

Foto: iStock
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Ingredientes:

  • 100 gr de ortigas
  • 1 calabacín
  • 2 cebollas
  • 1 hoja de laurel
  • Aceite de oliva
  • Sal
  • 3 vasos de caldo vegetal

Elaboración. Con unos guantes, lavamos y escaldamos las ortigas durante un minuto, aproximadamente. A continuación, pochamos las cebollas picadas, el laurel y una pizca de sal en una cazuela con un chorro de aceite de oliva. Cuando estén dorados, añadimos el calabacín y las ortigas picadas y rehogamos unos minutos más. Finalmente, agregamos el caldo vegetal, rectificamos el punto de sal y cocemos durante 20 minutos. Si queremos darle un toque picante e incrementar sus propiedades nutricionales, podemos espolvorearle una pizca de cúrcuma.

Tortillas de ortigas

Ingredientes:

  • 500 gr de hojas de ortigas
  • 2 huevos
  • Aceite de oliva
  • Cilantro
  • Sal

Elaboración. Eliminamos el poder urticante de las ortigas escaldándolas en agua, y reservamos. Después, batimos los huevos, le añadimos una pizca de sal, otra de cilantro y las ortigas picadas, y mezclamos bien. Finalmente, calentamos una pizca de aceite en una sartén y, cuando humee, vertemos la mezcla y hacemos la tortilla.