Es innegable. Los postres constituyen un dechado de satisfacciones inconmensurables para la mayoría de los comensales y cualquier instante le viene de perlas al paladar para disfrutar uno. Y eso que están pensados para degustar al término de una comida o cena, a juzgar por el origen del término, que proviene de la palabra latina 'posterum', cuyo significado es 'después'. Obviamente, no lo llevamos a la práctica y, como dice sabio el refranero, a nadie le amarga un dulce, aunque tenga otro en la boca.

Por fortuna, la carta repostera nos lo pone sumamente fácil, pues en ella habitan cientos de autoría patria y otros muchos procedentes de otras gastronomías, que igualmente satisfacen con creces nuestros anhelos golosos: fríos, calientes, con frutas o frutos secos, rellenos, cubiertos, de chocolate, fresa o vainilla... Las opciones para disfrutar de un capricho dulce y desatar la locura gastronómica momentánea son infinitas. Ahora bien, dentro de este inagotable listado, merecen una mención especial las versiones que se fríen en la sartén, ya sea en su totalidad, únicamente la masa que los conforma, rellenos o sin rellenar, en tanto que nos agasajan con un juego de texturas inédito y un toque crocante de lo más agradecido al paladar. He aquí algunos de los más exitosos.

Leche frita

Leche frita.
Leche frita.

Es uno de los dulces más consuetudinarios de nuestra carta repostera, a pesar de que su origen no está del todo claro, pues son varias las regiones que se disputan su autoría. No obstante, algunas fuentes apuntan que la artífice fue la ciudad castellana de Palencia. Sea como fuere, lo cierto es que esta delicia, muy típica en Semana Santa, carnaval y Cuaresma, reclama freír la masa, que se hace con leche, harina, maicena, canela y cáscara de limón, para ser el capricho que es.

Torrijas

También conocidas como tostadas francesas, forman parte de nuestra cultura repostera desde tiempos inmemoriales y de la de medio mundo, pues ya el gastrónomo romano Apicio aludió a ellas en una de sus compilaciones de recetas durante el siglo IV. Aunque las comemos durante todo el año, la Semana Santa es la época de mayor consumo, en la que se llegan a comer más de 10 millones. Posiblemente, el secreto de su éxito está en los pocos y sencillos ingredientes que incluye, que todos tenemos por casa seguro, y son pan, leche, azúcar y huevos. Ahora bien, para lograr una versión tradicional y deliciosa, es necesario freír las rebanadas de pan empapadas en leche y huevo. El aceite debe estar bien caliente para evitar que resulten blandas y puede ser de oliva, el cual le dará una textura más suave e intensidad gustativa, o de girasol, cuyo gusto será más discreto. No hay reglas, las preferencias del cocinero mandan.

Proporcionan un juego de texturas inédito y un toque crocante de lo más agradecido al paladar

Pestiños

Pestiños.
Pestiños.

De origen andalusí, estos bocaditos típicos de Andalucía, donde los degustan con especial devoción en Navidad y Semana Santa, también reclaman la fritura de la masa de harina, el componente principal, para existir. Como en el caso de las torrijas, deben estar bien calientes y admiten igualmente los dos tipos de aceite. Aunque también tiene bastante que ver en su gusto final la cobertura que les apliquemos, siendo la miel la que mayor sabor y matices les aporta.

Abisinios

Para quien no lo sepa, se trata de un bollo frito, relleno de crema y decorado con azúcar, muy típico de Valladolid, Medina de Rioseco y Segovia. No tiene una trayectoria muy dilatada en la carta repostera, pues vio la luz en 1940 en una confitería pucelana, donde su dueño, Adriano Polo, lo inventó casi por casualidad al experimentar creaciones con el mismo proceso de elaboración que los donuts.

A pesar de que su apariencia pueda llevarnos a engaño, no son lo mismo que la berlina o el pepito, en tanto que dichos dulces, que también están incuestionablemente ricos, no se fríen, sino que se hornean. Es más, lo que le da su característico sabor y distinción es precisamente la fritura, que debe hacerse a 180 grados para que la masa mantenga su textura esponjosa y el exterior, el ligero toque crujiente y color dorado que los caracteriza y los distingue.

Helado frito

Posiblemente, las versiones frías y dulces son las más exitosas entre los comensales, especialmente durante el verano. Sin embargo, las culturas mexicana, japonesa y especialmente la china, donde los elaboran desde tiempos inmemoriales, nos han demostrado que los helados no tienen por qué ser fríos ni dulces. Y es que, en esta versión, el helado se reboza en huevo, harina e incluso en copos de cereales y se fríe ligeramente en abundante aceite. De nuevo, la fritura es la clave para lograr el inusitado contraste de temperaturas y texturas que caracterizan a esta delicia.

Fruta de sartén

También denominados dulces de sartén, dependen igualmente del proceso de fritura para convertirse en bocados suculentos. Por si hay algún despistado, se trata de un conjunto de dulces que resultan de freír masas con determinadas formas y tamaños, que tienen su origen en la cultura andalusí. Buen ejemplo de ello son las flores fritas de La Mancha, las hojuelas, los churros, los frisuelos de Asturias, los buñuelos, los bartolillos o las filloas.

Rosquillas

Rosquillas.
Rosquillas.

Las inventaron los romanos, pero llevan tanto tiempo endulzándonos que parece que surgieron en nuestros fogones. Tontas, listas, francesas, ciegas o de Santa Clara, todas la versiones reclaman pasar la masa por la sartén para proporcionar la textura esponjosa y el gusto tan particular que regalan.