¿Pagarías más de 800 euros por una docena de donuts? ¿Y 1.200 por un kebab? Puede parecer una cifra desorbitada para los comensales de a pie; sin embargo, estos platos en concreto incluyen un ingrediente que los hace especiales: el oro comestible. Para muchos, solo es una excentricidad que sirve para alimentar el ego de los más pudientes, pero en realidad guarda un gran potencial bajo esa brillante apariencia.

Este símbolo de estatus y sofisticación ya se utilizaba en la Edad Media por sus propiedades medicinales, mientras que casi un milenio antes el emperador romano Calígula lo servía en sus banquetes imperiales en elementos de repostería. Y es que a lo largo de la historia, metales como la plata, el cobre o el oro han ocupado un lugar privilegiado en términos de salud y alimentación. Así ha ocurrido hasta la actualidad, cuando este propósito podría haber cedido el relevo al postureo y la ostentación más superficial. ¿Es realmente el oro comestible un ingrediente que merezca la pena?

Insustancial e insípido pero saludable

El aditivo E175, nombre oficial de dicho elemento, es según los expertos un alimento químicamente inerte, biocompatible, antialérgico y seguro para el organismo. El oro, el cobre y la plata forman parte de los famosos oligoelementos, sustancias químicas que residen en el cuerpo humano e intervienen activamente en el metabolismo, los procesos orgánicos y el funcionamiento de las células. Ya en 1929 un médico francés descubrió las propiedades antiinflamatorias del oro, que después se extendieron a la estimulación de la capacidad intelectual, el aumento de la resistencia física, la eliminación de toxinas o la regulación del sistema inmunitario.

Es un alimento químicamente inerte, biocompatible, antialérgico y seguro para el organismo

No obstante, su principal virtud radica en el tiomalato sódico, opción predilecta en el tratamiento contra la artritis reumatoide. Así lo ha comprobado un grupo de investigadores del Departamento de Medicina de la Universidad McMaster, en Ontario. Estos manejan pruebas sólidas de los beneficios terapéuticos del oro, capaz de prevenir la formación de peroxinitrato. Esta cualidad "podría ser el mayor villano en el deterioro de células y huesos que sufren los enfermos de artritis reumatoide", explica el químico John Facker en uno de sus trabajos.

Lamentablemente, este increíble potencial choca de frente con su decepcionante insipidez. Y es que el oro no cuenta con un sabor u olor característicos; lo que motiva aún más su función como aditivo alimentario en cuestiones de salud, estética o simple ornamentación. Siendo esta última la que actualmente prima en el mercado.

¿Cómo se elabora el oro comestible?

A pesar de su versatilidad en la cocina, muchos comensales todavía se muestran reacios debido a su naturaleza como elemento químico. No obstante, para hacerlo adecuado al consumo humano, el oro debe superar un proceso que combina multitud de factores. Para empezar, se seleccionan pequeñas pepitas de entre 22 y 24 quilates. Estas se someten a una temperatura de 1.200 grados que las funde por completo, para después adoptar a través de un molde la forma de lingote.

Cocina japonesa. (iStock)
Cocina japonesa. (iStock)

Una máquina especializada se encarga de trabajar el lingote resultante hasta convertirlo en una lámina de 0,015 milímetros de espesor, tres veces menor que el de un cabello humano. Es aquí cuando entran en acción los batidores de oro, responsables de reducir todavía más el tamaño de la lámina, que llega a alcanzar los 0,00015 milímetros de grosor. Para acabar, los profesionales separan manualmente y con sumo cuidado cada una de las piezas. Los restos sobrantes también se utilizan para crear polvo o virutas de oro.

Desde ese mismo instante, el precio del producto aumenta como la espuma. Por ejemplo, Oro Gourmet, empresa española dedicada a la comercialización de oro y plata comestibles, ofrece al público un extenso catálogo donde un gramo de copos de oro roza los 150 euros. Una minucia en comparación con las cifras que se manejan en los mejores restaurantes del mundo.

No apto para todos los bolsillos

El oro no solo proporciona a los platos un toque exótico y exclusivo al alcance de muy pocos, sino también su incursión en la lista de las comidas más caras del mundo. Actualmente, está encabezada por el llamado Frozen Hot Chocolate, un helado elaborado a base de trufas Madeline au Truffle, 28 tipos de cacao y cinco gramos de oro de 23 quilates. Este exquisito manjar se sirve, además, en un cáliz recubierto de oro comestible, un brazalete del mismo material y diamantes blancos. ¿El precio? Nada más y nada menos que 25.000 euros.

Foto: iStock.
Foto: iStock.

Por una cantidad más 'razonable', 3.200 euros, es posible degustar en Londres un plato de cangrejo de Devon con caracoles, langosta escocesa, huevos de codorniz rellenos de caviar beluga y, por supuesto, un glaseado de oro con trufa blanca y azafrán. Sin embargo, este ingrediente también tiene cabida en la comida más grasienta. El chef Diego Buik creó hace algunos años la hamburguesa más cara del mundo, según el Libro Guinness de los Récords. El pan está hecho con azafrán y cubierto de láminas de oro, mientras que en su interior residen ingredientes selectos como la vainilla de Madagascar, la soja japonesa, el jamón ibérico o el café jamaicano, que elevan su valor a los 2.300 euros.