Esta era la dieta que llevaban en Galilea hace 2.000 años
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Esta era la dieta que llevaban en Galilea hace 2.000 años

Antropólogos, teólogos, historiadores y sociólogos se han dedicado a estudiar qué se comía en esta parte del mundo durante esta época que marcó nuestra civilización. ¿La respuesta? La dieta mediterránea primigenia

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Podríamos hacer una discusión puramente religiosa sobre la ascendencia de Cristo, sobre su divinidad e incluso sobre su existencia. Pero una cosa es innegable, nuestra cultura proviene en gran medida de cosas que pasaron hace poco más de 2.000 años en la zona que hoy conocemos como Israel. Guerras se han luchado, religiones se han fundado, alianzas y enemistades se han forjado y, lo que más nos importa ahora, platos se han cocinado.

Obviar todos los hechos menos los gastronómicos puede parecer una falta de respeto a esta época histórica tan importante, pero este periodo ha marcado nuestra forma de comer, nuestras recetas y, sobre todo, lo que plantamos.

Exceptuando arroz, naranja, patata, pimiento y maíz, la mayor parte de nuestros cultivos son los mismos

La hipótesis principal del origen de la agricultura sostiene que esta surgió en el levante mediterráneo (lo que hoy conocemos como Egipto, Israel, Siria, Líbano, Jordania y, aunque están lejos de la salida al mar Mediterráneo, también se incluye Irak) hace 11.000 años. Esto se debió, según se explica en este artículo de la revista 'National Geographic', a que hubo un importante cambio climático que alargó la estación seca, lo que facilitó que plantas anuales, que 'mueren' en verano, prosperasen. El ejemplo más relevante es el trigo.

Lo que esto supuso fueron los primeros asentamientos estables. La gente podía vivir en un lugar todo el año, alimentándose gracias a su trabajo en la tierra. A menudo consideramos la rueda o el fuego los inventos más importantes que ha llevado a cabo el ser humano, pero la agricultura es, sin lugar a dudas, el más importante de todos, el que ha hecho que cuatro tribus nómadas 'muertas de hambre' se conviertan en los 7.700 millones de personas que somos hoy en día.

El auge de la agricultura también se vio beneficiado por la localización geográfica. Lo que hoy son Irak y Egipto, dos lugares que identificamos como puro y duro desierto, en realidad están bañados por el Éufrates, el Tigris y el Nilo, tres de los ríos más fértiles del planeta. Esto propició un aumento sin precedentes de la población, lo que desembocó a su vez en la aparición de decenas de civilizaciones y, por tanto, de religiones.

La dieta bíblica

Hay decenas de referencias a la alimentación en este libro. Puede que la mayor parte de sus hechos (o como mínimo, historias, dependiendo de hasta dónde llegue la fe de cada uno) ocurrieran hace más de 2.000 años, pero los ingredientes que se mencionan parecen sacados del supermercado de la esquina: anís, cilantro, canela, ajo, menta, mostaza, aceitunas, melones, uvas, higos, almendras, granadas, manzanas, judías, pepinos, puerros, cebollas, lentejas (uno de los alimentos con mayor cantidad de referencias), pan, trigo, cebada, perdiz, paloma, codorniz, cordero, buey, venado, mantequilla, queso, leche, cuajada, huevos, vino, aceite de oliva, miel... La lista es prácticamente interminable.

Foto: iStock.
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Probablemente la excepción más notable es que se mencionan los huevos, pero no el pollo como alimento. Además, hay que incluir en esta lista determinadas 'recetas' divinas como el maná celestial con el que Dios alimentó a Moisés y a sus seguidores durante el éxodo y otras mucho más macabras como el canibalismo de los propios hijos, como se expone en el Deuteronomio.

Recetas israelitas

A pesar de conocer todos los ingredientes anteriormente mencionados, el botanista israelí Noga Hareuveni, en su libro 'La naturaleza en nuestra herencia bíblica', explica que los tres productos básicos en los que se basaba la gastronomía de la época eran el pan, el aceite de oliva y el vino (trigo, olivos y vid). Son cultivos tan importantes que se han incorporado ampliamente a las propias celebraciones religiosas de dos de las principales religiones. En el caso del cristianismo, vino y pan se dan durante la celebración de la comunión. En el caso del judaísmo, según explica la antropóloga y escritora de libros de recetas británica Claudia Roden en "El libro de la comida judía", las celebraciones de esta doctrina religiosa también se basan en el pan y el vino, pero siempre con aceite de oliva, tanto en las mesas como en las lámparas (de aceite, claro).

La comida del día a día

La gastronomía de las festividades no es la verdadera representante de la alimentación de una población, sino la que llevan día a día. Historiadores, antropólogos, teólogos... se han dedicado a estudiar con detalle las costumbres alimentarias que llevaba esta población hace más de dos milenios.

Han llegado a la conclusión de que en Galilea, hace 2000 años, se hacían dos comidas al día. La primera a media mañana, en casa o en el lugar de trabajo, a modo de descanso. Consistía en grano tostado, aceitunas, higos (u otras frutas), pan mojado en aceite o vinagre, o 'raspado' con ajo, cebolla y rábanos negros. Un ejemplo exacto de esta dieta diaria se da en el Libro de Rut. A su vez, en Proverbios se hace referencia a una tercera comida, basada en pan y agua, que algunos agricultores tomaban antes de salir de su casa por la mañana. Dicho de otro modo: la primera referencia al desayuno.

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La segunda comida del día, la fuerte, se consumía por la tarde. Además de pan, incluía una sopa o un guiso de verduras y legumbres, que se servía en un cuenco común en el que cada uno mojaba su pan. Además, según explican algunos expertos, de vez en cuando también se servía queso y frutas frescas. Para 'remojar el gaznate' se servía vino, agua y, en determinadas ocasiones, leche.

Es innegable que hemos cambiado en innumerables cosas pero... ¿tanto? Mantenemos prácticamente los mismos cultivos (con determinadas diferencias como el maíz, la patata, el pimiento o el arroz que fueron traídos más tarde desde fuera), lo que supone que, a grandes rasgos, las recetas habrán cambiado, pero si viajásemos atrás en el tiempo 2.000 años, no estaríamos nada extrañados por la comida. Probablemente supiese incluso mejor.

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