Qué hacer para quedar bien si estás delante de una carta de vinos
  1. Gastronomía y cocina
Claves para la elección

Qué hacer para quedar bien si estás delante de una carta de vinos

Ante todo, naturalidad. Puedes conocer más o menos, saber o no, pero esto nunca debe ser impedimento para pedir el adecuado. Alimente te ofrece algunas pistas: precio, añadas...

Foto: Foto: Unsplash/@keslsoknignt.
Foto: Unsplash/@keslsoknignt.

Es siempre una responsabilidad el hecho de escoger por los demás, por tanto no es extraño que genere cierto vértigo elegir el vino para ti y tus acompañantes. Una sensación que aumenta si la carta de vinos tiene un peso considerable. Pero no asustarse, hay maneras de cribar para que la elección resulte más sencilla. Es más, desmitifiquemos la idea de que cuantas más referencias, mejor; no es necesario, una carta de vinos puede ser estupenda sin necesidad de contar con cientos de ellos. Lo importante es que reúna una buena selección (de diversos orígenes y tipologías) con una justa representación; no quiere decir que tengan que estar todas las zonas elaboradoras, sino que entre ellas las propias o vecinas tengan una presencia destacada. Esto dirá bastante de la sensibilidad (y atención) del establecimiento por el vino.

Una carta de vinos puede ser estupenda sin necesidad de contar con cientos de ellos. Lo importante es que reúna una buena selección

En este sentido camina la tendencia actual, cartas buenas (bien ‘vestidas’) y limitadas en cantidad de vinos como manera de facilitar la elección además de animar al consumidor, desde una ajustada selección, a acercarse al vino sin complejos previos. Luego, componerla en sintonía con la oferta gastronómica es otro tanto a favor. Ah, e imprescindible que cada vino aparezca acompañado de alguna información (zona de procedencia, variedades, añada, tipo de elaboración…).

Dicho esto, quien vaya a decidir qué tomar tiene que tener en cuenta, siempre, el gusto de quien le acompaña por encima del propio, y consultar previamente tanto qué tipo de vino le (les) apetece beber como cuánto nos queremos gastar, si es que estamos con amigos o personas de confianza. La consulta no ha lugar en reuniones de trabajo o negocios, situaciones en las que suele decidir el que paga. En todo caso, si lo deja en manos de otro, la moderación es la justa medida.

Tras todas estas premisas, ante la carta de vinos, algunos consejos para acertar en la elección.

Lugar

Foto: Unsplash/@odemakov.
Foto: Unsplash/@odemakov.

Un buen punto de partida es optar por vinos de la zona si el establecimiento se ubica en un territorio o región productora, o cerca de alguna. En ese caso, lo suyo seria que el local les dé cierta relevancia. Si se dan ambas circunstancias, es acertada alternativa pedir algunos de esos vinos; aparte de conocerlos siempre te vas a llevar alguna sorpresa positiva, empezando, tal vez, por descubrir y catar variedades distintas. Si el aliciente existe, opta por esos vinos de la tierra porque también, seguro, van a tener mejor precio, sobre todo si se trata de productos muy locales poco conocidos (difíciles de encontrar fuera de su zona). Además, beber siempre lo mismo es un error; por rico que esté, si no te abres a probar, te estarás perdiendo un montón de vinos interesantes e igual de satisfactorios. Tenemos zonas archiconocidas con vinos estupendos, pero hay muchas otras que merecen una oportunidad por lo que nos pueden sorprender.

Sumiller

Si el restaurante dispone de sumiller es una estupenda opción pedirle asesoramiento cuando no tienes muy clara la elección. Si es un buen profesional, recomendará en sintonía con lo que se vaya a comer, siempre informando del precio de esos vinos que, seguro, nunca será excesivo. A priori, también le podemos orientar contándole lo que nos gusta y cuánto pensamos gastarnos. Por el contrario, desconfíe si ante su consulta inicial, la respuesta es ¿blanco o tinto? O esta, la más manida: “¿Rioja o Ribera?”.

Cantidad

Obviamente, la cantidad de botellas estará condicionada por el número de comensales y el ritmo de consumo, lo que a su vez está estrechamente ligado tanto a la afición por el vino como a su precio. Dos o tres personas pueden ‘resolver’ (de manera ajustadita) con una botella, dependiendo de lo apuntado y el tiempo que dure la comida o cena. Pero a partir de cuatro personas, dos botellas caen seguro. Es entonces cuando resulta recomendable pedir un mágnum (siempre que el establecimiento los trabaje), si tenemos claro el vino que queremos beber durante toda la velada. En este tamaño, los vinos evolucionan mejor y nos aseguramos estar disfrutando de la misma botella todo el tiempo… Son muchas las veces, sobre todo en elaboraciones con envejecimiento, que el vino ha evolucionado de distinta manera en una botella que en otra.

Otra cosa es querer cambiar. De ser así, teniendo en cuenta lo que estamos comiendo cada uno, es buena idea optar por otros tipos, otras variedades, zonas o crianzas. Lo que sí es acertado es que el segundo vino vaya a más, es decir, sea más complejo, con más cuerpo. Nunca al revés. Lo obvio, antes el joven que el crianza, pudiendo ser ambos blancos. Pero también se pueden pedir dos botellas distintas desde el principio para que cada cual tome el que quiera y en el sentido que considere.

Precio

Para quedar bien, optar por la referencia más cara no es la mejor idea. Lo recomendable, moderación, ya se ha apuntado, y tener en mente si vamos a tomar más de un vino. Porque, además, puede pasar que gastemos un pastón en una botella y que no nos guste, entre otras razones, porque no estemos familiarizados con determinado perfil de elaboraciones. El precio está condicionado por diversas razones, las propias las principales, y siempre es mejor escoger un vino que no conlleve un superdesembolso. El coste medio de los platos puede servir de referencia para gastar más o menos por un vino. Tras lo dicho, cada cual es libre para gastar lo que considere, pero la realidad es que tomar ricos vinos no siempre requiere de un sacrificio económico. También está la opción de pedir por copas, si no somos muchos ni muy bebedores, aunque la oferta en este sentido será bastante más reducida.

Añada

Foto: Unsplash/@yokonishimiya.
Foto: Unsplash/@yokonishimiya.

Es un dato interesante, por orientativo, pero no determinante. Como hemos apuntado en ocasiones anteriores, hay vinos que están mejor en alguna añada anterior que en la correspondiente al año en curso; los jóvenes de albariño son un claro ejemplo de ello, pero no los únicos. No obstante, la añada sí es una referencia para evitarnos complicaciones y siempre deben aparecer en las cartas. Para tenerlo claro, grosso modo, si son vinos jóvenes, la añada corresponde a la última cosecha (o a la anterior, como mucho, en función de la época del año); cuando se trata de crianzas, tienen que tener 24 meses de envejecimiento, y de ellos doce mínimo en madera; y si son reservas suben a 36 meses, de los que al menos un año están en barrica. Por tanto, en este momento, y en general, la añada más actual sería crianzas 2017 y reservas 2016… aunque hay excepciones.

Explicados los consejos, una vez llega el vino a la mesa solo queda probar, esto es, oler y catar antes de dar el visto bueno. Una acción que no requiere volverse loco. Lo importante, que te gusten los aromas iniciales que te transmite. Lo mismo cuando lo pruebas, fijándote, eso sí, en que esté en buena temperatura. De no ser así, no te cortes en pedir una cubitera para enfriarlo, ya sean blancos o tintos. Lo he dicho en diversas ocasiones porque es imprescindible que el vino tenga la temperatura adecuada para disfrutarlo…y recuerdo que esta no es la 'temperatura ambiente'. Si la sensación en la boca es cálida, pide esa cubitera para que se vaya enfriando en la mesa. El vino mejor frío que caliente ¡siempre!, porque, además, en cuanto lo saques del recipiente cogerá un par de grados en pocos minutos en la mesa. Y esto sería todo. ¡Operación resuelta!

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