Las razones por las que las golosinas están vinculadas a nuestra infancia no son ningún misterio. Nos recuerdan tiempos menos complicados en los que una moneda de cinco duros podía proporcionarnos una tarde entera de gula y entretenimiento. Ellas, las chuches, no son en realidad nada nuevo. De hecho, ya en 1500 a.C. los egipcios bañaban en miel especiada dátiles, higos y frutos secos. Los caramelos de hoy son muy diferentes a aquellos, pero aun así su dulzor, colores vivos y texturas suaves los hacen parecer tan inofensivos como los del Antiguo Egipto. La pregunta es... ¿qué son realmente? ¿Qué ingredientes contienen?

La gelatina se hace con huesos, piel y cartílago de cerdo, burro, vaca y caballo

Es imposible que los adorables ositos de gominola puedan contar entre sus ingredientes algo 'oscuro'. Y es cierto: jarabe de glucosa (un monosacárido disuelto en agua), azúcar, aromas, colorantes, correctores de acidez, pectina (característica de las manzanas), gelatina y almidón. Nada que nos dé mucha alegría consumir, pero que tampoco supone un gran revés alimentario. Pero al releer la lista surge una pregunta: ¿qué es la gelatina exactamente? La respuesta, no apta para aprensivos, no es del todo agradable: huesos, piel y cartílago de cerdo, burro, vaca o caballo, desechados por la industria cárnica y lentamente disueltos en agua.

Puesto de chucherías en un mercado de Barcelona. (iStock)
Puesto de chucherías en un mercado de Barcelona. (iStock)

Lo curioso es que, por muy de película de terror que parezca, este conglomerado es una excelente fuente proteica. Contiene nada menos que 12 aminoácidos, muchos de ellos esenciales. Esta enorme cantidad de proteínas proviene del colágeno que forman la piel, los tendones, parte de los huesos y el cartílago animal. En 1998, un estudio patrocinado por la multinacional estadounidense Nabisco sugería que la ingesta de gelatina podía resultar beneficiosa para aquellas personas que sufrieran artritis reumatoide u otras enfermedades causadas por un deterioro del cartílago articular.

Dulzor peligroso

Pero no es la gelatina o de qué está hecha lo que preocupa a millones de padres a lo largo y ancho de este mundo, sino la ingente cantidad de azúcar que contienen las chucherías. ¿Cuánto es ingente? Un 95% del peso del caramelo. Básicamente son azúcar, un poquito de agua y una minúscula cantidad de aditivos para darle textura y sabor. Y no porque la golosina en cuestión sea más blanda contendrá menos azúcar. La consistencia depende de la cantidad de calor que se añada a la mezcla del sirope (azúcar y agua): a más calor, mayor dureza.

La realidad es que cada vez más consumidores ven en el azúcar un alimento muy procesado, adictivo, y cuyos efectos tanto a corto como a largo plazo no son saludables. Por ello, parte del sector de los dulces está intentando adaptarse a los tiempos sustituyendo la blanca y pura sacarosa por otro tipo de edulcorantes como la sacarina, el azúcar de abedul, la estevia... Y eso que la solución al problema estaba mucho más cerca, en la miel, el origen mismo de los caramelos. Este producto no es técnicamente mucho más que un sirope: azúcar (sacado del néctar de las flores mediante procesos enzimáticos en los estómagos de las abejas) mezclado con agua. Pero la miel tiene muchos valores añadidos, como por ejemplo, la abundante presencia de nutrientes esenciales, un sabor característico y reconocible y, lo más importante, una procedencia 100% natural (a no ser que se haya adulterado con algún otro tipo de sirope, como el de arroz, algo que, pese a estar prohibido, se sigue haciendo).

Más que simples chucherías

Otra estrategia de la industria para “salvar la cara” a los caramelos ha sido proporcionarles un valor añadido, como, por ejemplo, hacerlos más naturales, o saludables. La táctica fue implantada por los equipos de marketing de compañías farmacéuticas y otras empresas dedicadas a los suplementos alimentarios. El objetivo: cambiar nuestra visión de los ositos de gominola. Que en vez de ser un placer culpable, los viésemos como sanos por incluir, por ejemplo, complejos multivitamínicos. A fin de cuentas, ¿a quién lo le gusta una chuche?

Ya sea por razones médicas-como los diabéticos, los intolerantes a la lactosa o los celíacos-, o por razones culturales (como veganos y vegetarianos), al mismo ritmo que ha ido aumentando el mercado de consumidores de gominolas y golosinas, también lo ha hecho el número de los que querrían... pero no pueden. Pero la industria, siempre tan atenta, también se ha adaptado a ellos: hoy en día podemos encontrar golosinas que se anuncian como sin gluten o sin lactosa y hasta las seguramente más populares de todas: sin azúcar. Y todo, sin perder una gota de dulzor.