Por las tendencias de consumo actuales, cada día adquirimos más productos envasados y procesados y menos frescos y a granel. Fuera de los debates sobre los perjuicios nutricionales derivados de este cambio, una nueva inquietud aparece en el horizonte: la migración de componentes químicos de los contenedores a los alimentos.

El elenco de materiales cuyas partículas pueden transferirse es extenso: plásticos, pegamentos, papel y cartón, barnices, aceites minerales, aluminio, tintas... "Actualmente, cerca de 1.500 sustancias que pueden migrar han sido analizadas y aprobadas por los expertos nacionales o de la Unión Europea. Del resto de componentes [se calcula que entre 50.000 y 100.000 sustancias pueden pasar en cantidades potencialmente peligrosas], nada se sabe", nos cuenta Enrique García López, representante del Departamento de Comunicación y Relaciones Institucionales de la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU).

Los alimentos más grasos y ácidos son los que tienen más riesgo de contaminación

Jorge Lorenzo, responsable del Departamento de Aguas y Envases del Centro Nacional de Tecnología y Seguridad Alimentaria (CNTA), destaca cómo en las últimas décadas el panorama se ha complicado por "la intervención de un actor auxiliar, como la industria del 'packaging', cuyo origen no es alimentario. Se trata de empresas químicas, metalúrgicas o papeleras que poco a poco han tenido que incorporar en sus procesos conceptos de seguridad [controles, parámetros, puntos críticos...]".

Hasta hace poco tiempo, las cuestiones referidas a los envases se ceñían a la eficiencia (que el alimento llegara al consumidor en las mejores condiciones organolépticas y de conservación) y a la estética (el gancho que tenía el contenedor para atraer al consumidor). Nos cuenta Lorenzo cómo la legislación que sirve de base es todavía muy reciente, en concreto de hace apenas 14 años (1935/2004). A través de la misma, se establece que cada material deberá desarrollar una normativa propia en el futuro: "Es en ese punto donde se está yendo más lento", señala el experto.

Las preocupaciones actuales

¿Cómo llegan los compuestos a nuestra comida? Las razones son dispares, y van desde el contacto directo a la utilización del propio envase para calentar, pasando por una conservación prolongada en la despensa (contacto de larga duración). Según la OCU, los alimentos recubiertos de aceite o grasa tienen más riesgo de migración, mientras que los alimentos ácidos también pueden corroer algunos metales y que acaben depositándose en ellos.

Para entender la complejidad tecnológica de un envase, Lorenzo nos pone el ejemplo de las botellas de plástico que se utilizan para la comercialización de líquidos: "Estos plásticos se componen de un material principal, como el PET, al que después se añaden otros aditivos que les dan elasticidad, color, resistencia...".

Foto: iStock.
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Según el portavoz de la OCU, la composición de los envases es relativamente conocida en cuanto a los materiales principales, pero no tanto por lo que se refiere a los aditivos: "Más que ser tóxicos, el problema es que no es seguro que no lo sean". Ante la duda, la organización defiende que lo que debería regir es el principio de precaución que inspira la legislación europea sobre la materia: "No tiene que existir la certeza de que un producto sea dañino, basta con que se sospeche para que se tomen las medidas encaminadas a garantizar la seguridad y la salud de los consumidores".

Junto con otras organizaciones europeas, la OCU ha dirigido varios estudios para analizar la incidencia de algunas de estas nuevas sustancias detectadas, así como para revisar antiguas amenazas: "En envases, lo que más preocupa hoy son los MOSH, MOAH, PFA y el bisfenol. Sobre este último, hay más información, pero siguen las dudas sobre sus efectos, y se está volviendo a evaluar", apunta García López. Veamos, con más detalle, aquellos compuestos que más alarma han despertado en los últimos meses.

MOSH y MOAH

Un estudio internacional publicado el pasado mes de enero revelaba la presencia destacada de estos aceites minerales en múltiples alimentos. Se trata de compuestos derivados del petróleo estudiados en 2012 por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) que se acumulan en tejidos, nódulos linfáticos y órganos como el bazo y el hígado, pudiendo actuar como sustancias carcinógenas y mutagénicas.

El límite de bisfenol A se ha revisado y a partir de septiembre tendrá que rebajarse su presencia en la comida

Los MOSH y MOAH llegan a los alimentos por causas tan variopintas como el contacto con papel y cartón reciclados; con tintas de impresión; con aditivos en los envases autorizados, pero mal refinados; con aceites de maquinaria, o con lubricantes usados para impermeabilizar los cestos con los que se recogen el arroz, el café o el cacao.

De 105 productos analizados, en el 85% de ellos se halló presencia de MOSH y en el 16%, de MOAH. Con estas cifras, las organizaciones de consumidores recalcan que se trata de un problema generalizado: 35 de esos alimentos se comercializaron en España, y por los altos niveles que presentaban, la propia OCU ha llegado a desconsejar el consumo de tres productos concretos: los cereales de arroz con cacao de El Corte Inglés, las granolas con avena de Quaker y la pasta para lasaña Festaiola Agnesi.

Los PFA

Se trata de compuestos perfluorados que repelen el agua y la grasa de los alimentos evitando que el envase se humedezca. Se les acusa de estar relacionados con algunos tipos de cáncer así como de ser disruptores endocrinos e inmunodepresores.

Foto: iStock.
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Estudiados principalmente en los envases destinados a la comida rápida, los resultados en los productos españoles fueron óptimos y solo se presentaron en tres casos, todos ellos con niveles aceptables. Destaca la OCU, sin embargo, que "las mismas empresas muestran diferentes resultados en cada país, lo cual es síntoma de que hay poco control sobre la presencia de estos compuestos en los envases".

Bisfenol A

Es la sustancia que, sin duda, más preocupa desde hace años. Se trata de un disruptor endocrino que, de hecho, fue prohibido en 2011 por la Unión Europea para la fabricación de contenedores concretos, como los biberones. En España no está permitido tampoco en los envases de alimentos para niños menores de tres años.

Las organizaciones de consumidores apuestan por contenedores fabricados con materiales con una inocuidad demostrada

Jorge Lorenzo nos hace un resumen de la polémica que gira en torno a este compuesto orgánico: "Hay estudios que dicen que puede ser cancerígeno y otros que señalan que el peligro no es tan elevado. La EFSA señala que el bisfenol tiene un riesgo, pero solo cuando se ceden ciertas cantidades al alimento. Esas cantidades están hoy estipuladas en 600 microgramos por kilo. Cuando la próxima ley entre en vigor en septiembre, el límite se reducirá hasta los 50 microgramos por kilo".

Materiales más seguros

La migración de sustancias se puede minimizar, pero nunca se podrá eliminar por completo. En vista de las dudas generadas por la situación actual, las organizaciones de consumidores apuestan por usar contenedores que estén fabricados exclusivamente con materiales cuya inocuidad haya sido demostrada.

El experto en envases del CNTA atribuye, sin embargo, los escasos cambios que se han dado más a una cuestión de percepción: "El consumidor tiene la idea de que los envases de plástico son perjudiciales. Por ese motivo, algunas empresas se han pasado a materiales más inertes, como el vidrio. Paradójicamente, a pesar de que los alimentos vienen cada vez más envasados, se quiere volver al mismo tiempo a lo casero, a lo saludable, a lo artesano o a lo que aparenta ser menos procesado".

Foto: iStock.
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La OCU reconoce, en todo caso, que se están dando pasos hacia adelante. Asevera García López que saben "que hay intentos por legislar, pero van despacio". En la misma línea, Jorge Lorenzo destaca cómo ahora los controles son más exhaustivos: Hace años, por ejemplo, "las frutas y verduras se transportaban en barcas que llevaban tratamientos antifúngicos para que la madera no se estropeara, así como tintas y otras sustancias que serían inconcebibles con la legislación actual".

Desde el lado del consumidor se pueden, con todo, llevar a cabo algunas acciones para reducir la migración, como no someter los contenedores a situaciones para las que no fueron pensados, no calentarlos si estaban destinados a alimentos fríos, y, en el caso de reutilizarlos, emplearlos siempre para la misma finalidad (con la excepción de las botellas de PET, que se pueden usar también para guardar vinagre o aceite).