En muchas de las dietas de adelgazamiento que se publicaban en las revistas de los ochenta encontrábamos con frecuencia un consejo que no solía estar fundamentado y que aseguraba que con el pan tostado se perdían más kilos que con el pan sin tostar.

¿Qué motivo justifica semejante afirmación? El tratamiento térmico en el pan solo produce un cambio en la textura. Los ingredientes siguen siendo, a fin de cuentas, los mismos, al igual que los nutrientes (principalmente carbohidratos) que aporta a nuestro organismo. Por ello, decir que el pan tostado o los biscotes engordan menos que el pan fresco es una premisa que carece de fundamento.

Al ser más difícil de masticar, se da más tiempo al cerebro para que envíe el mensaje de que está lleno

¿Cuál es, entonces, la solución? ¿Hay algún tipo de pan que no engorde? La respuesta es un rotundo no. No obstante, la modificación en el estado de un alimento sí puede ser útil cuando el propósito es el de reducir las cantidades consumidas. Todos sabemos, por experiencia, que el mero hecho de cocinar hace que algunas comidas se vuelvan más fáciles o más complicadas de ingerir: un fénomeno extrapolable al caso de una rebanada que por la mera acción del calor se convierte en pan tostado.

Un efecto psicológico

La clave que explica por qué las tostadas sí pueden ser útiles a la hora de adelgazar reside en una palabra: saciedad. Frente al pan fresco, el pan en este otro estado ha perdido la mayor parte del agua, con la tierna miga reconvertida ahora en una masa crujiente y dorada. De cara a su consumo, su textura se vuelve más dura y el sabor se reduce en matices, lo que provoca que el pan tostado resulte menos apetecible que el fresco, sobre todo cuando no se acompaña con mermeladas, mantequilla o alguna de las cremas típicas a las que solemos recurrir para los desayunos.

Por su tosquedad, el pan tostado resulta más difícil de masticar. Este obstáculo fuerza a comer con más calma, favoreciendo que el cerebro envíe la señal de estar lleno y refrenando el impulso de seguir consumiendo calorías.

Foto: iStock.
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Su sequedad ocasiona, por otro lado, que la distribución de salsas y cremas sobre la superficie del pan tostado sea más dificultosa, empleándose habitualmente y de manera inconsciente menores cantidades de estos ingredientes, que suelen ser especialmente calóricos y ricos en azúcares y grasas.

En resumen, para aquellos sujetos que están habituados a controlar su dieta midiendo porciones, una tostada va a suponer el mismo número de calorías que una rebanada de pan fresco. Por el contrario, para aquellos individuos que optan por otras alternativas basadas en las sensaciones que el cuerpo transmite cuando comemos, el pequeño truco de consumir pan tostado puede ser una ayuda más para provocar antes la sensación de estar ahíto.