Tras un prolongado periodo de sueño en el que no se ha ingerido bebida ni alimento alguno, el cuerpo pide, inevitablemente, un momento para hidratarse.

Con la pereza de la mañana, todos hemos recurrido de manera automática al vaso de agua que teníamos a mano y que permanecía olvidado sobre la mesilla de noche. Tras llevar el borde hasta nuestros labios, el transparente líquido acaba presentando un gusto particularmente desagradable y distinto al que tenía cuando lo llenamos.

En el agua se dan reacciones químicas cuando está en el vaso. Cuanto más tiempo pase, más se deteriorará

El agua no contiene azúcares, grasas o proteínas que puedan volverla rancia. ¿Cómo es posible que basten unas pocas horas fuera de la botella o la tubería para que el líquido tenga ese gusto metálico y tan característico del día después?

En solo unas horas

No tenemos constancia de ningún estudio que aclare definitivamente esta incógnita tan del día a día. Son varias las teorías que pululan por la red. Recurrimos a Diego Sevillano Borkowski, especialista en potabilización del agua, para verificar su autenticidad. Para empezar, el experto defiende que aunque no haya microbios en el vaso, eso no significa que no hayan ocurrido reacciones químicas en tan poco tiempo.

Cuando está expuesta al aire, el agua absorbe una pequeña cantidad de CO2 y una minúscula proporción de la misma se transforma en ácido carbónico. Tras perder uno o dos protones, el ácido cárbónico forma a su vez carbonatos y bicarbonato. Esto rebaja el pH, volviendo el agua ligeramente más ácida y cambiando, por consiguiente, sus características organolépticas.

¿Implica eso que haya dejado de ser potable? Ni mucho menos. Como señala el canal de Youtube DNews, dedicado a cuestiones de ciencia, solo ciertos animales, como los crustáceos, se ven afectados por estas ligeras variaciones en la acidez, que pueden afectar a sus caparazones a largo plazo.

Foto: iStock.
Foto: iStock.

El problema de beber agua de un recipiente no sellado, como es el caso de un vaso, es que el líquido se encuentra también expuesto a bacterias. Al agua del grifo se le añade cloro que impide que los microbios la colonicen: "Ese cloro empieza a evaporarse desde el momento en que el agua sale de la tubería", señala el especialista. A partir de ahí, diferentes organismos perjudiciales pueden comenzar a multiplicarse: "Si vives en algún sitio con presencia de insectos, lo mejor será tapar el vaso o utilizar una botella". También el polvo presente en el ambiente doméstico acabará depositándose sobre la superficie. "En definitiva, cuanto más tiempo dejes el agua fuera, más riesgo habrá de que algún patógeno pueda aparecer", aclara Sevillano Borkowski. Filtrada y hervida, esa misma agua podría volver a ser utilizada.

La química Susan Richardson, de la Universidad de South Carolina, señala en 'Wired' otro factor más simple, pero que también habría que tener en cuenta: la temperatura. Tal y como sucede con la cerveza, cuanto más tiempo haya pasado la bebida fuera de la nevera, su acidez, su amargor o cualquier nota de sabor se verá ampliada. El agua del grifo se transporta a través de las tuberías donde permanece a una temperatura más fresca y constante. A temperatura ambiente su buqué se vuelve, por tanto, más fuerte.