Mientras en cientos de laboratorios de todo el mundo miles de investigadores se afanan en desentrañar los mecanismos de la obesidad, en el departamento de Endocrinología del Hospital Universitario de Saint-Etienne (Francia) el profesor Bruno Estour se dedica a estudiar el fenómeno contrario: la delgadez. No la delgadez propia del que no come (como sucede en la anorexia nerviosa), sino la del que puede comer cuanto quiera sin engordar. La del flaco por naturaleza.

“Sí, la delgadez constitucional existe”, cuenta el profesor Estour a Alimente. Se trata de “personas sanas, que comen normalmente y de todo, pero que tienen un índice de masa corporal inferior al del promedio de la población”. Este IMC no lo logran haciendo dietas, machacándose en el gimnasio ni contando calorías: no están delgados, lo son. De hecho, su curva de peso se mantiene en los niveles más bajos de las tablas pediátricas de crecimiento ya desde la primera infancia. Es una cuestión genética.

Se trata de invertir el espejo de la obesidad y mirar la cuestión no por los kilos de más, sino por los de menos

Los estudios de Estour intentan dar una vuelta de tuerca al abordaje de la obesidad: se trata de invertir el espejo y mirar la cuestión no por los kilos de más, sino por los de menos. De estudiar no a los obesos, sino a esa cuñada talla 36 que se zampa por la noche una tortilla de patatas y un café con madalenas y se sigue comprando los pantalones en el Zara Kids. “Nuestra sociedad tiende a simplificar, a pensar que todo el que come mucho va a engordar y que todo el que restringe su dieta va a adelgazar. Es la base de todo el negocio montado en torno al sobrepeso”. Y las investigaciones sobre los delgados ponen algunas de nuestras creencias en entredicho.

Así, entre las sorpresas que nos deparan sus investigaciones encontramos que las personas delgadas no son necesariamente máquinas de quemar calorías; de hecho, “tienen un balance energético positivo, es decir, comiendo más que el resto, queman lo mismo. Esto va en contra de todo lo que nos explicaron sobre la obesidad”. Asimismo, tampoco se trata, como pudiéramos sospechar, de que tengan sobreexpresadas las hormonas que regulan tanto el apetito como la saciedad. Y tampoco parecen tener reservas extras de grasa parda, tan de moda. Su fisiopatología sigue siendo un misterio.

Al otro extremo del Atlántico, en el Laboratorio de Nutrición y Genómica de la Universidad de Tuffs (Boston), el catedrático José María Ordovás lleva tres décadas enredado en la nutrigenómica, ciencia de la que es uno de los mayores especialistas a nivel mundial. Él tiene sus ojos de investigador puestos en esas “más de cien variantes genéticas que nos pueden servir para definir en cada individuo su predisposición a la obesidad y, de esa forma, ser más eficientes en su prevención”. Lógicamente, aunque estudie los genes implicados en la obesidad también se muestra interesado en los de la delgadez: “Es la otra cara. Podemos intentar contrarrestar los primeros o estimular los segundos. Pero no es fácil investigar sobre ello”.

Una rareza genética

No es fácil, entre otras cosas, porque la delgadez es una rareza genética. No son tantas las personas a las que no les preocupa lo más mínimo el qué, el cuánto, el cómo ni el cuándo: comen los alimentos que quieren, en la cantidad que desean, cocinados de la forma que más les gusta y a cualquier hora del día. Y, aun así, siguen estando delgadas. ¿Cuál es su secreto? ¿Cómo funciona su metabolismo? ¿Dónde están escritas las claves genéticas de la delgadez?

Las respuestas no están claras. “Ya quisiéramos los especialistas saber por qué están delgadas, pues adoptaríamos de inmediato la receta… -señala Ordovás-. Bromas aparte, lo cierto es que sabemos muy poco de la delgadez, pues sobre ella se ha investigado muchísimo menos que sobre la obesidad; en realidad, ¿a quién le importa que la gente esté por debajo de su peso? No hay un mercado detrás y, por tanto, apenas se investiga”.

Pocas personas quieren engordar. No hay un mercado detrás de la delgadez; por eso, apenas se investiga

No, no hay un mercado porque son muchas menos las personas que desean engordar que las que desean adelgazar. Y surge ahí la duda: si es una cuestión de genética, ¿por qué esta ha primado solo a unos pocos? Para explicar esta cuestión nos tendríamos que remontar a miles de años atrás, a épocas de hambrunas y penurias. Por aquel entonces, el hecho de que una persona fuera capaz de comer y almacenar le otorgaba una superioridad frente a quienes no podían generar reservas para tirar de ellas en momentos de escasez. Esto supuso una ventaja evolutiva, por lo que probablemente la raza humana se desarrolló más hacia la posibilidad de engordar que hacia la contraria. Y por eso se considera a la delgadez genética una rareza.

Es, nos corrobora el profesor Ordovás, “la hipótesis del gen ahorrador, mediante la cual el genoma de los humanos modernos está enriquecido en variantes o mutaciones genéticas que ayudaron a nuestros antepasados a acumular y mantener una reserva energética que les permitiera sobrevivir durante las hambrunas. Esta teoría tiene una lógica aparentemente aplastante, pero hay que demostrarla experimentalmente, y hasta ahora eso no ha sido posible. A pesar de nuestra capacidad de examinar el genoma en gran profundidad, no hemos podido encontrar y demostrar la presencia de los genes ahorradores”.

Foto: iStock.
Foto: iStock.

Sean o no los genes ahorradores pieza clave en la explicación a la delgadez constitucional, sí está claro que el metabolismo de estas personas funciona de otra manera. A resultas de un conjunto de factores genéticos o congénitos, se crearía en cada uno de nosotros una especie de ‘termostato’, que define el rango de peso en el que, en principio, nos vamos a mover.

En este sentido, nos explica el doctor Adelardo Caballero, presidente del Instituto de Obesidad, podemos entender que “en la población hay, a grandes rasgos, cuatro perfiles: los que tienen una obesidad genética, los que tienen una predisposición fuerte, los que tienen una predisposición leve y los que son ‘genéticamente resistentes’. Estos últimos serían los delgados”. Según donde nos situemos, la importancia del entorno y de los hábitos sociales y dietéticos serán más o menos determinantes a la hora de engordar o adelgazar.

El entorno no influye en las personas resistentes genéticamente a la obesidad.
El entorno no influye en las personas resistentes genéticamente a la obesidad.

Siguiendo por este camino, nos encontramos con la teoría del ‘set point’, que viene a decir que nacemos con un peso genéticamente programado. Se trataría de una zona de confort en la que el organismo se siente cómodo y ‘lucha’ por seguir en ella. (¿Quieres saber por qué engordas después de una dieta? Set point). “Es algo que vemos claramente cuando estudiamos a familias: hay familias ‘silbido’ y familias ‘canica’. Y sacarnos de ese equilibrio cuesta”, refiere Ordovás.

La teoría del set point sugiere que nacemos con un peso genéticamente programado

Lo tenemos claro cuantos hemos peleado por adelgazar, pero ¿y quienes intentan engordar? Los doctores Natacha Germain y Bogdan Galusca, del departamento que dirige el profesor Estour, realizaron un trabajo muy ilustrativo: durante un mes, 16 mujeres (ocho delgadas y ocho ‘normales’) añadieron a su dieta habitual 700 calorías de grasa extra. Transcurrido este periodo, las primeras engordaron 700 gramos, mientras que las segundas 1,3 kg, “lo que demuestra la resistencia al aumento de peso en las delgadas”. Más aún. “El grupo control, formado por las mujeres normales, necesitó tres meses para perder esos 1,3 kg, mientras que las mujeres delgadas los eliminaron en tan solo 15 días y sin ninguna ayuda”.

¿Por dónde van las investigaciones? Uno de los terrenos más prometedores, como ya ha explicado Alimente, es el de la microbiota intestinal y su relación con la obesidad. “Esta pista está muy de moda ya que se ha descrito una microbiota particular en pacientes obesos”, señala el doctor Estour, quien añade que ya hay en marcha estudios similares, pero en sujetos delgados. “También se está experimentando con trasplantes fecales de individuos delgados a otros con obesidad”, apunta el profesor Ordovás.

La cuestión es que los mecanismos que nos hacen estar gordos o delgados van mucho más allá del célebre 'menos plato y más zapato' atribuido a Grande Covián. La obesidad y la delgadez son cara y cruz de una misma moneda, y cualquier hallazgo en torno a una puede tener un reflejo especular en la otra. Pero la genética sigue mostrándose esquiva a la hora de darnos pistas tanto en un sentido como en otro. "Quizás el fallo -concluye José María Ordovás- estribe en que todo lo miramos desde un parámetro de enfermedad. Investigamos las causas de la obesidad como patología, cuando tal vez deberíamos avanzar más en el estudio de la delgadez sana".