Con más de diez años de experiencia en el mundo de la alimentación, Michael Pollan se ha convertido en uno de los máximos divulgadores y sabios gastronómicos del momento. Gracias a su obra ‘Saber comer’, este periodista, escritor y experto en nutrición se ha marcado como objetivo prioritario enseñar a los lectores y amantes de la vida sana cómo diferenciar la comida saludable de aquella que ha sido tratada y procesada, tan perjudicial para la salud y causa principal de un gran número de enfermedades.

“Cada año aparecen 17.000 nuevos productos alimentarios en los supermercados. La mayoría de ellos no merecen que se les llame alimento”. Con estas palabras, Pollan deja en evidencia la importancia del conocimiento, sobre todo frente a una oferta culinaria excesiva y demasiado cautivadora. Así, el libro se divide en tres partes: ¿qué hay que comer?, ¿qué tipo de comida hay que comer? y ¿cómo hay que comer? Además, distingue entre la comida de verdad -las frutas, las verduras, los hongos y los animales- y las sustancias comestibles que tienen apariencia alimenticia. Una desigualdad que no siempre es fácil de identificar.

"Lo que importa no es un día puntual, sino la práctica diaria", asegura Pollan

Tomar una copa de vino en la cena, evitar los cereales que cambian el color de la leche, parar de comer antes de saciarse, dar prioridad a las plantas o rechazar los productos con ingredientes que un niño de primaria no pueda pronunciar son algunos de los trucos de Pollan. ¿Qué otras pautas recomienda en su obra para aprender a comer mejor?

Olvidar los alimentos que no se pudran

La comida natural y 'auténtica', según la opinión del experto, es toda aquella cuya vida útil es muy reducida. Por el contrario, los alimentos que no cumplen este requisito cuentan con una composición repleta de agentes químicos que velan por esa inmortalidad de la que nosotros debemos escapar. Asimismo, los productos más básicos y tradicionales son también los más saludables y equilibrados. Por ejemplo, “la margarina fue una de las primeras comidas industrializadas que aseguraba ser un reemplazo saludable y terminó provocando ataques al corazón a la gente”, recuerda el autor. Por lo tanto, recurrid siempre a las opciones más elementales y con menos de cinco ingredientes.

Si dicen que son saludables, no lo son

Foto: iStock.
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Huid también de esos alimentos que buscan desesperadamente dejar claro su salubridad a través del envase y el etiquetado. “Para poder afirmarlo necesitan como soporte una etiqueta y un envase, y todo lo envasado casi siempre equivale a procesado. (…) Además, solo los grandes productores disponen de medios para conseguir que las autoridades sanitarias les aprueben esos lemas… Afirmaciones que suelen estar fundadas en datos incompletos y en investigaciones deficientes”, asegura Pollan.

Por otro lado, también debemos evitar los alimentos que citan cualquier clase de azúcares entre sus tres primeros ingredientes, pues estos se ordenan por proporciones.

Zonas del supermercado

Pollan también aconseja mantenerse alejado de la parte central del supermercado, pues la comida real se suele encontrar en la periferia del mismo. ¿Esto qué significa? Tal y como explica este activista americano, los supermercados están diseñados de tal manera que el consumidor se vea atrapado por los productos más caros y artificiales. Por eso, recomienda acudir directamente a los aledaños del local, aunque la alternativa más saludable y segura de todas es visitar únicamente los mercados locales. “Los alimentos procesados dominan los pasillos centrales de los supermercados, mientras que las neveras y los estantes de productos frescos (frutas, verduras, carne, pescado y lácteos) están junto a las paredes”, explica Pollan.

Comer siempre en una mesa

Foto: iStock.
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Esta pauta elimina de la ecuación los escritorios, el coche o el sofá, así como otras actividades paralelas como ver la televisión. Si no nos dedicamos exclusivamente a comer, dejaremos de prestar atención a los alimentos y tenderemos a ingerir más cantidad. “Este fenómeno se puede probar (y dar un buen uso): colocar a un niño delante de un televisor y colocar un plato de verduras frescas en frente de él o ella. El niño va a comer de todo lo que haya en el cuenco, incluso las verduras que no suele tocar, sin darse cuenta de lo que está pasando. Lo que sugiere una excepción a la regla”, expone el propio Pollan en su obra.

No hacer caso de la televisión

La mayoría de productos que se anuncian en televisión están avalados por una campaña o estrategia de marketing que transforma sus carencias e inconvenientes en virtudes. Es muy extraño ver un spot publicitario sobre las frutas y verduras que acaban de ser cosechadas en la huerta y que después se venden en los mercados de abastos. Y es que solo las grandes empresas de alimentación tienen la solvencia económica para anunciarse en televisión.

A todo color

Foto: iStock.
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Como ya hemos visto en más de una ocasión, los colores de muchos alimentos reflejan los componentes fitoquímicos antioxidantes que incluyen, como es el caso de los polifenoles o los carotenoides. Estas sustancias suelen ser de gran ayuda para prevenir y proteger nuestro organismo de las enfermedades crónicas, de ahí la importancia de preparar una comida donde el color abunde sobremanera. Siguiendo con la tonalidad adecuada de los alimentos, cuanto más blanco sea el pan, más perjudicial será para la salud, pues la harina refinada carece de fibra, grasas saludables y vitamina B.

Saltarse las reglas también está bien

“Lo que importa no es un día puntual, sino la práctica diaria: los hábitos interiorizados que determinan cómo y qué comemos cualquier día”, aclara Pollan en su obra. Por lo tanto, no es necesario que nos convirtamos en esclavos de una dieta sana y equilibrada, los caprichos eventuales también sirven para mantener la motivación.

Un método para comer lo que nos plazca sin pasarnos de la raya es cocinar nosotros mismos la receta deseada. “Comer dulces, fritos, bollería o incluso tomar un refresco de vez en cuando no debe ser malo”, aunque “si cocináramos en casa todas las patatas fritas que consumimos, seguro que comeríamos menos, aunque fuera por el trabajo que conlleva”, concluye el autor.