Según la Biblioteca de Medicina de los Institutos Nacionales de la Salud de Estados Unidos, "la temperatura media corporal del ser humano son 37 ºC, aunque algunos estudios han mostrado que en realidad es un rango comprendido entre los 36,1 ºC y los 37,2 ºC, dependiendo de la persona, su edad, la actividad física y la hora del día". Esto significa que cualquier temperatura fuera de estos límites es sinónimo de enfermedad. Esto lo conocemos todos, al igual que la sobrehumana capacidad de nuestras madres de detectar, con el dorso de la mano en nuestra frente, si teníamos fiebre, como si tuvieran termómetro de mercurio incorporado.

De lo que tal vez no somos tan conscientes es de cómo nuestro cuerpo es capaz de regular esta temperatura. Para enfriarlo es relativamente fácil. Lo único que tiene que hacer es sudar, lo que provoca que la temperatura corporal disminuya gracias a que el sudor 'roba' calor al cuerpo para evaporarse, que es lo que desea (es lo mismo que ocurre en el interior de una nevera, solo que en ese caso es un proceso mucho más eficiente).

"La cantidad de grasa parda es inversamente proporcional al sobrepeso de un individuo"

Pero generar calor, aunque no lo parezca, no es tan sencillo. Aunque nuestro cuerpo utilice hidrocarburos (compuestos de hidrógeno y el carbono, como la gasolina o el azúcar) y oxígeno para conseguir su energía, no es un motor de combustión interna. No hay explosiones, ni llamas ni nada por el estilo. Lo que utiliza es una molécula llamada adenosin trisfosfato (ATP). La generación de energía (que es un proceso extraordinariamente complicado) se basa en una diferencia de concentración de protones. Nuestro cuerpo utiliza este gradiente para llevar a cabo todas sus funciones (se gasta ATP para producir contracción muscular, señales eléctricas... o calor). Este proceso se produce en unos pequeños componentes de nuestras células llamados mitocondrias. Es aquí donde se gasta energía para producir calor. Esto ocurre cuando nuestro hipotálamo (área del cerebro responsable de la gestión de la temperatura corporal) señala a las mitocondrias que deben, en vez de realizar sus funciones normales de generación de ATP, dejar correr libres los protones a través de la barrera gracias a una molécula llamada termogenina (aunque su nombre oficial es UCP1). Esta es una proteína encargada de mover protones a través del gradiente, lo que libera energía en forma de calor.

Cómo funciona

Llegados a este punto lo más normal sería que nos planteasemos qué tiene que ver la grasa con todo esto si, al fin y al cabo, es la que almacena energía, no la que la libera. Pero he aquí la parte importante: no todas las grasas son iguales, ni mucho menos. En realidad existen dos tipos diferentes y uno de ellos es fundamental para nuestra supervivencia. El primero es conocido como grasa blanca. Es una reserva de energía en unas células llamadas adipocitos que se llenan de grasa y están ahí 'por si acaso'. El segundo tipo es la conocida como grasa parda (debido a que tiene un característico color marrón producido por una alta concentración de vasos sanguíneos). La función de este tejido no es almacenar energía, sino producir calor. Es una de las razones por las que los bebés están tan 'regordetes' (dado que necesitan mantener su temperatura corporal a toda costa y es la grasa parda la que se ocupa de ello).

La localización de la grasa parda en el cuerpo humano. (Paul Lee)
La localización de la grasa parda en el cuerpo humano. (Paul Lee)

La capacidad de generar calor de la también conocida como grasa multilocular se debe a la alta concentración de mitocondrias en su interior y además a la gran cantidad de moléculas de termogenina que estas contienen. Son estos factores los que permiten a la grasa marrón producir calor corporal como para mantenernos calentitos a temperaturas muy por debajo de los 37 ºC.

Lo mejor de todo: adelgaza

Ahora, un estudio publicado por los investigadores Paul Lee, Jerry R. Greenfield, Ken K. Y. Ho y Michael J. Fulham, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Nuevo Gales del Sur en Sídney, Australia, ha hecho importantes avances en el descubrimiento de las características de la grasa parda: "Es inversamente proporcional al peso total del indivíduo y a sus niveles de glucosa en sangre". O lo que es lo mismo: a más grasa parda, menos peso. Hay que tener en cuenta, además, que tener mucha grasa parda no es un problema porque en comparación a la blanca, representa un porcentaje mínimo. Por ponerlo en contexto, nuestros órganos están repletos de grasa (hígado y cerebro sobre todo). Es aquí donde se dan una de las mayores concentraciones de grasa parda y, aun así, solo representan el 0,5% del total o lo que es lo mismo, 1 adipocito de grasa parda por cada 200 de la normal.

Los diferentes tipos de grasa. La figura B es la grasa parda. (Paul Lee)
Los diferentes tipos de grasa. La figura B es la grasa parda. (Paul Lee)

¿Y qué podemos hacer nosotros para tener más? Pues según un estudio de uno de los autores del trabajo, Paul Lee, publicado en 2014, "se puede convertir la grasa blanca en grasa parda mediante el uso de las hormonas irisina y FGF21", que se liberan gracias al ejercicio y a las temperaturas frías (que obligan a nuestro cuerpo a generar más calor).

Lo mejor de todo es que el futuro terapéutico de la pérdida de peso parece que va a tener mucha relación con este tipo de tejido dado que, como explica uno de los autores del estudio, Paul Lee, "la capacidad de la grasa parda para quemar energía la convierte en un objetivo terapéutico potencial contra la obesidad y la diabetes". Así que lo que podemos tener claro es que para eliminar grasa, necesitamos grasa (de la buena).