Cuando en 1859 Charles Darwin escribió 'El origen de las especies', realmente la lio parda. Amen de echarse encima a todos los creacionistas -que aún hoy siguen negando la evolución y dando toda la guerra que pueden-, marcó un antes y un después en la biología, una disciplina que, a partir de entonces, se desarrolló teniendo siempre en mente el pensamiento evolucionista. Pero quizás no tuvo una influencia tan significativa en la medicina, que siguió sin mirar a nuestro pasado remoto y, desde luego, continuó estudiando la enfermedad desde el hombre y no desde la especie.

A mediados de los 90, no obstante, algo empezó a cambiar. La publicación del célebre ‘Por qué enfermamos: la nueva ciencia de la medicina darwiniana’, de Nesse y Williams, planteó una nueva forma de abordar los problemas de salud: se trataba de alejar el foco para coger perspectiva, de mirar el pasado para comprender mejor el presente. Se trataba, en definitiva, de intentar entender las enfermedades desde el punto de vista de nuestro diseño evolutivo.

La medicina darwiniana estudia las enfermedades desde el punto de vista de nuestro diseño evolutivo

“La medicina darwiniana o evolucionista es una rama de la ciencia médica que pretende el estudio de la enfermedad en el contexto de la evolución biológica”, explica el doctor José Enrique Campillo, catedrático emérito de Fisiología y autor, entre otros, de 'El mono obeso' o, más recientemente, 'Homus Climaticus'. Para que captemos mejor la idea, sugiere que pensemos en la evolución como en un ingeniero que diseña un prototipo de una máquina y va adaptando sus distintos mecanismos según las necesidades que van surgiendo en la vida normal. Este diseño sería perfecto para superar las adversidades del día a día, pero si se le somete a repentinos e impactantes cambios sin dar tiempo al ingeniero a hacer las adaptaciones precisas, la máquina fallará.

Esa máquina somos nosotros, claro está. “La medicina evolucionista considera que muchas de las enfermedades que hoy nos afligen son consecuencia de la incompatibilidad entre el diseño evolutivo de nuestro organismo y el uso que hoy le damos”. Un ejemplo claro de esto es el de nuestra columna vertebral, que es un diseño perfecto para caminar, pero no para estar ocho horas en una mesa con un ordenador, o dos horas encorvados enganchados al Whatsapp. Uso inadecuado del diseño: consecuencia, enfermedad.

Foto: iStock.
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El doctor Campillo fue, junto con Loren Cordain, pionero en la aplicación de la medicina darwiniana a la alimentación y a sus consecuencias. La pregunta ‘¿por qué enfermamos?’ se transformaba así en ‘¿por qué hay alimentos que nos enferman?’. “Y la respuesta estaba clara: porque los consumimos en contra de nuestro diseño evolutivo”.

Cordain fue el artífice de esa máquina de hacer dinero que es hoy la paleodieta. Y aunque en su nombre se han hecho, y se siguen haciendo, muchas tonterías, merece la pena que veamos cómo, bajo la lupa de la evolución, es posible entender algunos de los males que hoy nos aquejan.

“Desde que éramos simios, hemos ido pasando por distintas etapas. Los diferentes climas conformaban hábitats distintos que condicionaban la alimentación. Fueron cambiando así nuestros sistemas metabólicos para poderse ir adaptando a las necesidades de ese momento” (‘ese momento’, en evolución, pueden ser millones de años, tengámoslo en cuenta). Si las sequías o las glaciaciones condenaban a nuestros ancestros a pasar muchísima hambre, nuestro ‘ingeniero’ propició que fueran capaces de acumular grasa. Muchísima grasa: “No hay otro animal con mayor capacidad de acumular grasa que nosotros. Ni el oso ni la foca. Y en aquel entonces, hace dos millones de años, esta capacidad nos otorgaba ventajas de supervivencia”.

"No hay otro animal con la misma capacidad de acumular grasa que nosotros. Ni el oso, ni la foca"

Nuestros antepasados comían muy poco y solo de vez en cuando. Ese era el diseño. Lo que ocurre es que, en un breve (esta vez sí) lapso, hemos pasado a comer no solo todos los días, sino también alimentos muy calóricos… y además sin gastar energía para cazarlos o cultivarlos. Todo ello se convierte en obesidad y en enfermedades ligadas a ella.

El gen ahorrador

En el año 2010, un equipo de 50 genetistas de todo el mundo se asoció para llevar a cabo un gigantesco estudio. Tomaron una muestra de 250.000 personas y se fijaron en un aspecto concreto de sus perfiles genéticos: querían ver qué genes estaban implicados en esta capacidad de ‘ahorrar’ energía a la que hemos hecho referencia, qué mutaciones genéticas eran las que habían propiciado esa acumulación de grasa, esas reservas.

Los resultados de dicho estudio se publicaron en 'Nature' y revelaron no solo que había 34 genes ahorradores, sino también que había una clara correlación entre las personas con mayor índice de masa corporal y quienes tenían un mayor número de genes ahorradores. “Estos datos se traducen en que, en un extremo de la tabla, están las personas que han heredado muy poquitos de estos genes; por tanto, siempre estarán delgados; en el otro extremo están aquellos que han heredado muchísimos genes ahorradores: son niños gordos y serán adultos gordos. Es imposible que adelgacen mediante dieta, por eso se tiene que recurrir a cirugía y farmacología. Entre medias estamos la gran mayoría de la población”.

Foto: iStock.
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Hace dos millones de años, mientras Lucy y toda su troupe andaban por el bosque, ese paquete de genes ahorradores era garantía de supervivencia: permitían que si encontraban un elefante muerto, por ejemplo, espantaran a los buitres y se quedaran unos cuantos días a su alrededor, saciándose. Su enorme capacidad de acumular grasa les permitía asimilarla a toda velocidad. Aunque pasaran después una semana sin nada que llevarse a la boca, tenían reservas para sobrevivir. Pero, además, el ingeniero hizo otro cambio en el diseño: dado que nuestros ancestros apenas recibían glucosa de sus alimentos, propició una cierta resistencia a la insulina para evitar que sufrieran hipoglucemias. Esa resistencia que nos viene ‘de fábrica’ es pieza clave para entender la actual epidemia de diabetes tipo 2.

Obesos desnutridos

¿Cómo es posible que en nuestro entorno haya obesos desnutridos? El doctor Campillo echa la vista 10.000 años atrás, al paso del Paleolítico al Neolítico. “En la época en que nuestros antepasados eran cazadores recolectores, en su dieta aparecían más de 250 alimentos diferentes. Raíces, semillas y frutos de todo tipo; insectos, pequeños reptiles, aves… Ante esa diversidad, aunque comamos poca cantidad garantizamos todo el aporte de nutrientes. Con el Neolítico -y la agricultura y la ganadería-, se produjo la ley del embudo de la alimentación: pasamos a comer solo aquello que cultivábamos y domesticábamos. Esta tendencia se ha ido acentuando, de modo que ahora todos los días comemos más cantidad de menos cosas”.

"Si alimentamos mal los genes, las rutas metabólicas que ellos controlan ocasionarán enfermedades"

Según sus investigaciones, esta situación es un drama en dos momentos concretos de la vida: la adolescencia y la vejez. “Hay chavales de 12 años que no comen más allá de diez alimentos: patatas, arroz, pasta, pan… En los mayores sucede lo mismo. Y hay que procurar la mayor variedad posible de frutas, carnes, pescados… Yo siempre aconsejo que se vaya cambiando de marca, incluso de carnicero".

Mencionar el Paleolítico supone, claro está, hablar de la dieta paleo. Y sin ser un concepto que le desagrade, sí rehúye el extremismo. “En alimentación, demasiadas veces se mezclan moral, religión, filosofía… Hay unas connotaciones ideológicas tremendas y, de hecho, se lleva al extremo de que hay personas que solo comen lo que cazan. Con arco y flecha, además. No podemos pretender consumir aquellos alimentos que reproduzcan exactamente lo que consumían nuestros ancestros, como proponen algunos de los furibundos partidarios de la llamada paleodieta".

Foto: iStock.
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Dado que somos genéticamente los mismos que hace 40.000 años, es lógico pensar que "si alimentamos bien a esos genes, ellos harán bien su trabajo manteniendo nuestra salud. Pero si proporcionamos a esos genes nutrientes extraños o en cantidades inadecuadas, tanto los genes como las rutas metabólicas que ellos controlan funcionarán mal y ocasionarán enfermedades". Su propuesta es comer según nuestro diseño evolutivo. Y ello nos dibujaría una pirámide:

  • Un 50% de nuestra alimentación debe ser como la del Ardipithecus ramidus. Este antepasado se alimentaba fundamentalmente de frutas, brotes tiernos, semillas, tallos... "La mayor parte de nuestra alimentación debe estar compuesta de frutas, verduras, raíces (como la zanahoria), bulbos (como cebollas, ajos...).

"Nuestra dieta se basa en alimentos que llevan muy poco tiempo entre nosotros, y es un error"

  • Un 30% como la del Australopithecus aferensis. En los años en los que vivieron estos ancestros comenzaban a escasear los vegetales frescos. Consumían cuando podian lo mismo que sus antecesores, pero rebuscaban en la tierra y encontraron tubérculos, semillas verdes, frutos secos... Y completaban su dieta con miel, huevos, insectos, peces... Se iniciaba el consumo de alimentos de origen animal.
  • Un 18% como la del Homo ergaster. Hace dos millones de años, los cambios climáticos hicieron que fueran muy escasos los alimentos vegetales; para sobrevivir, hubo que recurrir a los animales. "Nosotros, para ser consecuentes, deberíamos tomar algo de carne, huevos y pescado".
  • Un 2% las novedades aportadas por el Homo sapiens sapiens. Con el paso al Neolítico y el desarrollo de agricultura y ganadería, surgieron nuevos alimentos. Leche, legumbres, aceites... pero también, especialmente en las últimas décadas, dulces, azúcares, procesados... "Hoy, nuestra dieta se basa mayoritariamente en estos alimentos que llevan muy poco tiempo entre nosotros y es un error. Ahora bien, numerosos defensores a ultranza de las paleodietas rechazan el consumo de leche o legumbres por no ser 'paleo', pero es una actitud poco lógica".