Si un ente ajeno a nuestro planeta se dedicase a observarnos, se daría cuenta de que todavía nos quedan muchos misterios que resolver. La ciencia, la filosofía, las relaciones humanas, el arte... son disciplinas a las que algunas de las mentes más brillantes de la humanidad dedican todo su esfuerzo para desvelar las incógnitas que esconden. Otras personas, tal vez igual de inteligentes pero con aspiraciones menos loables, dedican todo su potencial mental a mezclar cosas. Este es el caso de los famosos 'inventos' japoneses que nadie en su sano juicio usaría. Por ejemplo, el robot que va poniendo tomates en nuestra boca según corremos o las gafas con miniembudos para echarnos gotas en los ojos. La idea es que no nos paramos a pensar si deberíamos hacer algo, sino que nuestra única motivación es saber si podemos.

Al menos es eso lo que han hecho los investigadores Emmanuel Rezende Naves, Lucas de Ávila Silva, Ronan Sulpice, Adriano Nunes-Nesi, Lázaro E. P. Peres y Agustín Zsögön, de la Universidad Federal de Viçosa, la Universidad de Sâo Paulo (ambas en Brasil) y la University of Ireland Galway. Para su experimento, lo que se les pasó por la cabeza (justificándolo como un avance de la ciencia) fue convertir el tomate en pimiento, o mejor dicho, conferirle la cualidad de picante. ¿Porque quién no ha deseado un híbrido mutante entre tomate y guindilla?

"Este tomate podría ayudar al 45% de la población que produce menos retinol del que necesita"

Pero vamos por partes: ¿qué es lo que confiere al pimiento su característico picor? Una sustancia llamada capsaicina. Es una resina con caracter oleoso que tiene la capacidad de activar los receptores del dolor TRPV1. Básicamente, a pesar de ser irritante, duele (o pica, según se quiera ver) porque le dice directamente a este receptor: "Actívate". La sensación de inflamación posterior es producto de la respuesta de nuestro cerebro para intentar limitar el efecto de la 'llamada de socorro'. De todos modos, la capsaicina es parte fundamental de muchas gastronomías a lo largo y ancho del mundo.

Hay varias razones por las que esto es así. Una de las principales es que es más común en zonas extraordinariamente cálidas. Produce algo llamado 'sudoración facial gustativa'. Dicho de otro modo, nos hace sudar independientemente de cuál sea nuestra temperatura corporal. La evaporación de dicho sudor 'roba' calor a nuestra piel y por tanto a nuestro cuerpo, lo que nos enfría.

Pero eso no es todo, diversos estudios han ahondado en los efectos de la capsaicina sobre diversas dolencias. Dicho de otro modo: ¿puede ayudar este compuesto a tratar enfermedades? La respuesta, aunque en muchos casos está todavía en fase de investigación, es sí. Por ejemplo, un estudio publicado por el investigador Joel E. Bernstein y su equipo mostró la capacidad de la capsaicina para tratar la neuralgia postherpética crónica, o el estudio publicado por los investigadores Deal C. L y T. J. Schitzer, de la Case Western Reserve University, demostró la capacidad de esta molécula irritante para tratar la artritis.

De los resultados de estos estudios podemos extrapolar que sí, existen diversos beneficios asociados al consumo de capsaicina. Pero por buena que sea, ¿qué beneficio para nosotros o para la ciencia puede tener un tomate picante?

Desde el punto de vista gastronómico, sabemos por pura experiencia que mezclar alimentos diferentes o simplemente nuevos siempre llama la atención de chefs profesionales y amateurs, pero más allá de la novedad de la experiencia, poco más puede aportar.

Foto: iStock.
Foto: iStock.

El verdadero avance de este experimento ha sido científico. Los investigadores descubrieron que el tomate, aunque no produce capsaicina, tiene en su código genético la capacidad para producirla. Explotaron esta capacidad cambiando parte del ADN del tomate (la sección que le impide formar esta molécula).

Esto, según los propios investigadores explican, "representa un gran avance que se podría extender a la producción artificial de otros valiosos metabolitos del tomate". Especifícan que no solo se podría aumentar la cantidad de bixina, el segundo colorante más utilizado del mundo y el que le confiere al tomate su color rojo, sino otros elementos mucho más importantes para nosotros como el betacaroteno (provitamina A). Como explican: "El 45% de la población mundial posee una mutación genética que reduce su capacidad de convertir el betacaroteno en retinol, la forma activa de la vitamina A. Los tomates con niveles masivos de betacaroteno representarían una adición muy valiosa para su dieta".

Tal vez su uso en la cocina podrá ser de utilidad para algún chef o para aquellas personas amantes del picante pero detractoras del pimiento. Lo que sí está claro es que su relevancia para la mejora de nuestra salud es más que posible.