El título del libro – ‘El jamón de york no existe’ (Ed. La Esfera de los Libros)- ya es en sí mismo una declaración de intenciones: lo leemos y nos ponemos en situación de alerta, porque intuimos que la cosa va de derribar mitos alimentarios. El subtítulo termina de redondear la idea: 'Guía para comprar saludable y descubrir los secretos del supermercado'. Como, por ejemplo, que “encontrar cangrejo en los palitos de cangrejo es más difícil que buscar a Wally”, que “las galletas María no son un producto saludable, por mucho que las den en los hospitales”, que un yogur triple 0 (sin grasa, azúcares ni edulcorantes) “puede llevar almidón de tapioca y patata” o que “lo natural, como la cicuta, no siempre es saludable”.

Viniendo de quien viene, no tiene por qué extrañarnos. Marían García -la Boticaria García, como la conoce su legión de seguidores-, es una ‘influencer’ de las buenas. De las útiles. Doctora en Farmacia y graduada en Nutrición Humana y Dietética, lleva años predicando el sentido común. Comenzó aplicándolo en el mundo de los medicamentos (y de los ‘acoplados’, como suplementos o complementos) y después pasó al terreno de la alimentación. Ganadora del eHealth Awards 2018 a la Cazabulos del Año, va lupa en ristre por los supermercados detectando incoherencias entre la letra pequeña y la letra grande de los productos y nos las cuenta.

Foto: iStock.
Foto: iStock.

“Los nutricionistas nos pasamos el día recomendando comer más fruta y verduras y menos carnes procesadas. Pero a mí la gente lo que más me pregunta es qué significa tal o cual cosa en una etiqueta”. Junto a esa dificultad a la hora de interpretar qué es lo que de verdad nos están vendiendo, algo que también le inquieta es que “los consumidores están confundidos con estrategias de marketing que les hacen pensar que unos productos son más saludables que otros”.

Y de ahí salió este libro, que ya va por la tercera edición y en el que centra los cinco grandes problemas que nos encontramos cuando queremos llenar el carro de la compra.

  • Las etiquetas son jeroglíficos: “Leemos aditivos como E-300 y E-621 y todo nos suena igual. Pero el primero es vitamina C, que es un antioxidante, y el segundo glutamato monosódico, que nos induce a comer más. Nadie nos ha enseñado a leer etiquetas”.
  • Los alimentos son los nuevos medicamentos: “Ya no basta con que la comida nos alimente, ahora tiene que curarnos. Aunque tengamos que comernos medio paquete de galletas para ello”.
  • Lo ‘natural’ se ha convertido en una religión: “Es una tomadura de pelo un envase de pavo cocido ‘natural’ que lleva solo un triste 60% de pavo”.
  • Los superalimentos los carga el diablo: “Aliñar’ con superalimentos se ha convertido en una estrategia para tunear productos poco saludables. Por ejemplo, un guacamole que solo tienen un vergonzoso 0,66% de aguacate”.
  • La legislación, a veces, es blandita: “Es importante endurecer la ley y hacer cumplir la que tenemos para que no se permitan mensajes engañosos”.

Se trata, pues, de una guía para ayudarte a elegir un buen producto o, por lo menos, para que no te dejes encandilar con los cantos de sirena. Y hay algunas pistas que nos pueden hacer más fácil el camino: “Hay una enorme confusión entre azúcar añadido, azúcar intrínseco y azúcar libre. Debemos saber qué significan y también que hay un montón de nombres que pueden equivaler al azúcar: fructosa, dextrosa, maltodextrinas, siropes…”.

Ingredientes: sígueles la pista

Posiblemente pensemos que requiere un gran esfuerzo, que en esos paraísos de la indulgencia en que se han convertido los supermercados es realmente complicado discernir el bien del mal. “Se puede empezar por aplicar un par de reglas muy sencillas. La primera, desconfiar de aquellos productos que contengan más de cinco ingredientes. Por ejemplo, en un bote de tomate frito, mira lo que lleva y piensa en cuántos ingredientes le pones tú”. La segunda, también muy fácil, es la de que “los ingredientes tienen que estar ordenados de mayor a menor; es decir, el primero que aparecerá será aquel que esté en mayor cantidad”. Esto nos sirve para neutralizar el efecto de la letra grande: “Si en unos palitos de cangrejo el primer ingrediente es agua…, podemos sospechar que poco cangrejo lleva”.

Vemos todo esto y podemos pensar que vivimos en un gigantesco engaño. Pero no todo es blanco o negro: “La industria conoce la legislación, la estira como un chicle y la lleva al límite. Yo no digo que nos engañe, pero sí que nos induce a error. Siendo esto así, el consumidor tiene también su parte de responsabilidad: no puede ser tan naif como para pensar que la solución a sus problemas de salud pase por comer galletas que le bajen el colesterol o por tomar un yogur que le active las defensas”.

Foto: iStock.
Foto: iStock.

Más todavía cuando nos encontramos ante un consumidor cada día más informado, más sensible con la composición de los productos alimenticios. “Si va buscando productos que le ofrezcan un plus de salud, tendrá que hacer autocrítica: si algo es demasiado bueno para ser verdad…, igual es que no es verdad”.

En este batiburrillo entre lo que sí y lo que no, entre el deber, la culpa y la tentación, se ha colado también el concepto détox, que tiene mucho de ‘penitencia’, de expiar la culpa. Y la palabra fetiche es ‘compensar’. “Tendemos a pensar que podemos pasarnos por un lado y después compensar por otro. Y ahora buscamos esa ‘compensación’ en un mismo alimento: pastelitos con algas, chorizo con quinoa, galletas con esteroles… Vayámonos a la composición y veamos si, realmente, el contenido en estos reclamos es tan significativo como para que merezca la pena que nos comamos el resto de los ingredientes nocivos del producto. Porque no, no compensas por tomar unos miligramos de quinoa en el chorizo”.

Hablar de quinoa es hablar de ‘superalimentos’. “Del mismo modo que toda la vida se ha buscado la píldora mágica para adelgazar, ahora tenemos superalimentos. Por ejemplo, el kale, que es nuestra col rizada de toda la vida. Y muchos otros, que por supuesto no son malos, pero habitualmente son muy poco sostenibles (vienen desde la otra punta del planeta) y, desde luego, son mucho más caros”. Porque algo que a menudo no se tiene en cuenta cuando nos llenamos la boca de ‘bio’ y ‘eco’ es que lo mejor para el medio ambiente “lo tenemos a la vuelta de la esquina. Comprando producto local y de proximidad”.