Es completamente ilógico que un abrebotellas cierre, que un sacacorchos tape y que un lavavajillas ensucie. Por esa misma lógica, es de esperar que un estrógeno en ningún caso actúe como un antagonista de esta hormona, pero ocurre.

Este desafío a toda lógica ha sido investigado en profundidad desde mediados de los años 90 del pasado siglo. Todo empezó cuando un gran estudio publicado en 2002 demostró que las mujeres menopáusicas que tomaban una terapia hormonal sustitutiva (para contrarrestar la falta de estrógenos liberados en su torrente sanguíneo) sufrían "mayores tasas de cáncer de mama y enfermedades cardiovasculares". Por supuesto, estas prescripciones hormonales tenían efectos positivos, eso es innegable: reducción de los síntomas de la menopausia, mayor densidad ósea y reducción del riesgo de fractura de cadera (efecto directamente dependiente del anterior). Todo ello, a cambio de una mayor cantidad de trombos en el corazón, el cerebro, los pulmones y una mayor tasa de cáncer de mama.

"El consumo de comidas de soja está relacionado con una reducción en el riesgo de cáncer prostático"

La solución a este problema parecía clara, pero era también imposible: conseguir que los estrógenos actuasen como tales en determinados tejidos y que en otros (como el hígado, responsable de gran parte de los trombos, y las células mamarias) no tuviera ningún efecto o, en el mejor de los casos, que funcionase como un antagonista hormonal. La vía de acción que planteó la industria farmacéutica era la 'modulación selectiva de los receptores del estrógeno'.

Cuando una hormona entra en una célula, su efecto no tiene lugar 'porque sí', sino porque existe un receptor, una proteína que reconoce dicha hormona y le permite el paso. La parte buena es que en determinados casos, entre ellos el del estrógeno, existe más de un receptor. Esto no ocurre para todas las 'versiones' del estrógeno, pero, por ejemplo, la genisteína, una isoflavona (que actúa como fitoestrógeno) sí que es 'selectiva' con respecto a qué receptor se adhiere.

Lo curioso es que la genisteína sí es capaz de actuar como un antiestrógeno. Como explican los investigadores G. G. Kuiper y J. A. Gustafsson, del Instituto Karolinska, en Suecia, existen dos tipos diferentes de receptores del estrógeno en nuestro organismo: los alfa y los beta. La idea es que el estrógeno 'nuestro', el que generamos de forma natural, prefiere adherirse a los receptores alfa, mientras que los fitoestrógenos lo hacen con los beta.

Por poner todo esto en contexto, podemos decir que ocho horas después de consumir un tazón de legumbres de soja hervidas (como se explica en un estudio del Instituto de Endocrinología de la República Checa), los niveles de genisteína en sangre alcanzan los 20-50 nanomoles. Cierto es que esa cantidad no es del todo utilizable, porque más o menos la mitad de ellos se unen a determinadas proteínas que también circulan por nuestro torrente sanguíneo, lo que inutiliza parte del efecto hormonal.

Efecto selectivo

Como se explica en un estudio del Instituto de Toxicología de la farmacéutica Merck KGaA de Alemania, cuando tomamos soja, los fitoestrógenos de esta tienen muy poca activación en los receptores alfa, pero mucha en los beta. Cuando tomamos estrógenos puros y duros en forma de pastilla, aumenta el riesgo de trombos debido a que los estrógenos se unen a las células hepáticas, provocando que se liberen al torrente sanguíneo demasiados factores de coagulación. La buena noticia es que este órgano solo contiene receptores alfa, no beta. Esto provoca que, a pesar de consumir grandísimas cantidades de soja, ningún efecto tendrá lugar en este órgano.

Foto: iStock.
Foto: iStock.

Esto mismo ocurre con el cáncer de útero, dado que las células endometriales solo tienen receptores alfa. Se sabe (gracias a multitud de estudios como el elaborado por el investigador D. Grady y su equipo de la Universidad de California en San Francisco) que el consumo de suplementos hormonales de estrógenos multiplica por diez el riesgo de cáncer de útero. Por el contrario, como se explica en un estudio del Centro Nacional del Cáncer de Corea del Sur, las mujeres que más soja toman "tienen un riesgo un 30% menor de sufrir esta enfermedad, y en el caso del cáncer de ovarios, el riesgo se reduce a la mitad".

Los hombres también

Estos efectos claramente beneficiosos de la soja y sus isoflavonas no están limitados al género femenino. Por ejemplo, un metaestudio elaborado por los profesores Lin Yan y Edward L. Spitznagel, de la Universidad de Washington, en Estados Unidos, analizó los resultados de 15 estudios epidemiológicos y concluyó que "el consumo de comidas de soja está relacionado con una reducción en el riesgo de cáncer prostático en los hombres (obviamente)".

Como explica el doctor Michael Greger, un renombrado especialista en nutrición, "¿hay alguien que deba evitar la soja? Sí, los alérgicos. Exclusivamente.

De todos modos, es necesario dejar claro que una gran cantidad de médicos, sobre todo oncólogos y ginecólogos especializados en cáncer, desaconsejan a determinados pacientes que han padecido cánceres hormonodependientes el consumo de soja. Así lo explica el doctor José Ignacio Chacón, miembro de la Junta Directiva de la Sociedad Española de Oncología Médica y oncólogo en el Hospital Virgen de la Salud de Toledo: "Aunque no hay evidencias científicas que demuestren que la soja influye en el riesgo de cáncer o de recaída, sí es verdad que un fitoestrógeno es, a fin de cuentas, un estimulante de los estrógenos". Vamos, que la precaución por delante. Como siempre, lo que diga un médico de confianza va a misa.