Nuevas guías de EEUU: los probióticos solo sirven para esto
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Falta base científica

Nuevas guías de EEUU: los probióticos solo sirven para esto

La Asociación Americana de Gastroenterología se muestra tajante en sus últimas pautas sobre estos microorganismos. Establecen que no hay evidencia científica suficiente para respaldar su uso en muchas enfermedades digestivas

Foto: Foto: Unsplash/@dulgier.
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Llevan años de moda y se les atribuyen grandes beneficios, pero no en muchos campos de salud en los que se creía que aportaban sus ventajas. Hablamos de los probióticos: microbios vivos que pueden agregarse a la fórmula de muchos y diferentes productos, incluyendo alimentos, medicamentos y suplementos dietéticos. Se estima que solo en EEUU más de 3,9 millones de adultos han tomado algún tipo de probióticos, y muchos pacientes buscan en ellos mejorar su salud gastrointestinal.

"Dado el uso generalizado y las fuentes de información a menudo sesgadas, es esencial que el público se oriente sobre los probióticos"


Sin embargo, después de una revisión detallada de la literatura disponible, la Asociación Americana de Gastroenterología (AGA, por sus siglas en inglés) ha publicado sus nuevas pautas clínicas, que encuentran que para la mayoría de las afecciones digestivas no hay evidencia suficiente para respaldar el uso de probióticos.

Esta es la primera directriz clínica que se enfoca en los probióticos en múltiples enfermedades gastrointestinales y, al mismo tiempo, considera el efecto de cada formulación de probióticos de una o varias cepas de manera independiente en lugar de agruparlos a todos bajo el paraguas único de 'probióticos'. Estas pautas se publican en 'Gastroenterology', el diario oficial de la AGA.

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Como aclara a Alimente Guillermo Álvarez Calatayud, presidente de la Sociedad Española de Microbiota, Probióticos y Prebióticos (SEMiPyP): “Cuando salió la guía de hace un año, estuvo abierta a las críticas por parte de los profesionales expertos en el tema, que argumentaron su extrañeza de que la AGA indicaba su empleo en ciertas aplicaciones, pero no en otras donde la evidencia científica de su uso es mayor como, por ejemplo, la diarrea aguda o los trastornos funcionales digestivos (síndrome del intestino irritable). Es verdad que, como ellos afirman, sus recomendaciones son para la población norteamericana, un país donde la gravedad de los síntomas suele ser menor y no incluyen los estudios realizados en otros países”.

Los inicios

Relata la Guía Práctica de la Organización Mundial de Gastroenterología: Probióticos y Prebióticos que fue hace un siglo cuando “Elie Metchnikoff (un científico ruso galardonado con el premio Nobel y profesor del Instituto Pasteur de París) postuló que las bacterias ácido lácticas (BAL) conferían beneficios a la salud capaces de promover la longevidad. Sugería que la autointoxicación intestinal y el envejecimiento resultante podrían suprimirse modificando la flora intestinal y reemplazando los microbios proteolíticos tales como Clostridium—que producen sustancias tóxicas, entre las que se encuentran los fenoles, indoles y amoniaco a partir de la digestión de proteínas— por microbios útiles”.

Y desarrolló una dieta con leche fermentada con la bacteria que denominó Bulgarian bacillus. “En 1917, antes de que Alexander Fleming descubriera la penicilina, el profesor alemán Alfred Nissle aisló una cepa no patógena de Escherichia coli a partir de heces de un soldado de la Primera Guerra Mundial que no había desarrollado enterocolitis durante un brote severo de shigelosis. Los trastornos del tracto intestinal frecuentemente eran tratados con bacterias no patógenas viables, con el fin de modificar o reemplazar la flora intestinal. La cepa Nissle 1917 de Escherichia coli es uno de los pocos ejemplos de un prebiótico no BAL. El primero en aislar una bífidobacteria fue Henry Tissier (del Instituto Pasteur), quien la obtuvo de un lactante alimentado al pecho, y le dio el nombre de bacteria Bacillus bifidus communis. Tissier postulaba que las bífidobacterias desplazarían a las bacterias proteolíticas que provocan diarrea y recomendaba la administración de bífidobacterias a los lactantes que sufrían de estos síntomas”, agregan.

El término 'probióticos' fue introducido por primera vez en 1965 por Lilly y Stillwell; a diferencia de los antibióticos, los probióticos fueron definidos como factores de origen microbiano que estimulan la proliferación de otros organismos. En 1989, Roy Fuller destacó el hecho de que para considerarse probiótico, el microorganismo en cuestión debía estar presente en estado viable, e introdujo la idea de su efecto beneficioso sobre el huésped.

Consenso español

En España, la Sociedad Española de Farmacia Familiar y Comunitaria (SEFAC) y la SEPyP, con la colaboración de STADA, cuentan con la 'Guía de actuación y documento de consenso sobre el manejo de preparados con probióticos y/o prebióticos en la farmacia comunitaria'. En la redacción de esta obra han participado expertos de ambas sociedades científicas, con el objetivo de hacer “posible la indicación terapéutica de los cada vez más numerosos ensayos clínicos contrastados con evidencia científica que en la actualidad se realizan sobre el papel de la microbiota y el empleo de probióticos/prebióticos en diferentes edades y situaciones patológicas”.

"No todos los probióticos son iguales y hay algunas cepas que sí tienen evidencia científica de su eficacia para ciertos procesos avalados"


Y entre sus conclusiones destacan: "Los probióticos son microorganismos vivos que cuando se administran en cantidades adecuadas confieren un beneficio a la salud del hospedador. Las sustancias 'constituyentes de' o 'producidas por' microorganismos no deben considerarse probióticos, aun cuando tengan efectos biológicos saludables. Para que un microorganismo sea calificado de probiótico es imprescindible demostrar científicamente que produce efectos beneficiosos en la salud del hospedador. Los efectos beneficiosos para la salud deben demostrarse mediante estudios realizados en población humana con metodología científica adecuada. Los estudios de laboratorio o en modelos animales son un requisito imprescindible antes de realizarlos en humanos y proporcionan información sobre mecanismos de acción, pero por sí mismos no son prueba suficiente de eficacia en nuestra salud. Los efectos saludables demostrados para una cepa microbiana específica no son extrapolables o atribuibles a otras cepas de la misma especie. Una cepa microbiana con categoría de probiótico por haber demostrado eficacia en una indicación concreta (por ejemplo, prevención de diarrea) no es necesariamente válida para otras indicaciones (por ejemplo, prevención de alergia).

E insisten: "La eficacia de algunas cepas probióticas está ampliamente documentada para indicaciones concretas de salud gastrointestinal (por ejemplo, algunos tipos de diarrea, estreñimiento, intestino irritable, inflamación intestinal). Existen cepas probióticas con eficacia demostrada para indicaciones concretas sobre el sistema inmune (por ejemplo, prevención de infecciones). Las evidencias científicas observadas sobre un tipo de población no son extrapolables a otra población que varíe en edad (niños y ancianos) o en estado fisiológico (por ejemplo, gestación y lactancia).

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