Quizás muchos ya os estéis frotando las manos ante el amplio abanico de nuevas frutas que comenzará a asomar con la llegada de la primavera. Uno de los primeros en lucir palmito es el albaricoque, una fruta que es todo un portento nutricional y cuyo sabor encandila a muchos consumidores. No en vano, su currículum de vitaminas es de los que quita el hipo: vitaminas A, C, folato o B9, niacina o B3, riboflavina o B2, tiamina o B1 y piridoxina o B6. A este elenco se suman también los minerales, como el potasio, el fósforo, el calcio, el hierro, el selenio y el zinc. La fibra tampoco quiere faltar a la cita. No olvidemos que esta última es básica en nuestra salud y gracias al consumo de esta fruta nos resultará un poco más fácil, a la par que delicioso, cumplir las recomendaciones diarias de 25 miligramos de la Organización Mundial de la Salud.

El albaricoque es originario de zonas templadas de Asia como Corea del Norte o Manchuria. El Imperio romano lo trajo a Europa gracias a sus conquistas y a las rutas de comercio abiertas con Asia. Desde entonces, crece en nuestra geografía, donde podemos degustarlo a finales de la primavera.

La importancia de la cosecha

Foto: iStock.
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Una de las claves de la calidad de un albaricoque es su estado de madurez. Lo cierto es que esta fruta necesita hacerlo en el árbol para adquirir sus cualidades y su gusto característico. De ello depende también el nivel de azúcares, su acidez o su firmeza. De esta manera, una recolección prematura impedirá la evolución del fruto, mientras que hacerlo de manera tardía puede suponer un ablandamiento rápido del mismo, además de algunas dificultades para su almacenamiento, transporte y distribución. La versatilidad de esta fruta nos permite degustarla tal cual o lanzarnos a la preparación de auténticas virguerías gastronómicas, como mermeladas caseras, compotas, dulces o galletas.

Quienes crean que los albaricoques apenas presentan variedades se equivocan de pleno, pues podemos encontrar infinidad de especies. Algunas de ellas, por cierto, han sido obtenidas durante los últimos años con el propósito de lograr una fruta capaz de resistir el virus de la sharka, que está diezmando la producción en el Levante español. Como ejemplo de estas variedades recién llegadas tenemos el mirlo blanco, el mirlo naranja, el rojo pasión, el CEBAS 26 y el CEBAS 41.

Su semilla no cura el cáncer

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Durante los años cincuenta, empezó a propagarse el rumor de que la semilla de albaricoque podía prevenir el cáncer. No obstante, la práctica no es inofensiva, pues los huesos de esta fruta presentan riesgo de intoxicación por cianuro. Pero, como decíamos, existe una tendencia entre cierto sector naturista a recomendar este producto que puede poner en serios apuros la salud de los consumidores. La Agencia de Seguridad Alimentaria de la Unión Europea (EFSA, por sus siglas en inglés) se vio obligada en 2016 a emitir un comunicado al respecto. No en vano, hay un sector de la población que cree a pies juntillas que este producto puede librarles del desarrollo de un cáncer o de posibles recaídas en caso de haber sufrido ya uno.

La creencia no es inocua pues, dependiendo de la cantidad de semillas que se consuman, puede provocar una intoxicación con diferentes efectos como fiebre, náuseas, insomnio, dolor de cabeza, dolores en las articulaciones o caída de la presión arterial. Este cuadro se explica por la presencia de amigdalina, una sustancia natural que se concentra en los granos de albaricoque y que también se encuentra en otras semillas de frutas como las cerezas, las ciruelas y los melocotones. Así como en plantas como el trébol, el sorgo y las habas. Cuando la amigdalina se consume, se convierte en cianuro dentro del cuerpo. Este es un químico de acción rápida, potencialmente mortal.

En los años 50, se propagó el rumor de que la semilla de albaricoque podía prevenir el cáncer

Lo cierto es que podemos encontrar con relativa facilidad semillas de albaricoque que se comercializan pregonando unas supuestas virtudes anticancerígenas. Además, en algunos sitios web se promueve la ingesta de entre 10 y 60 semillas diarias, una cifra que nos situaría en unos límites bastante peligrosos. Por supuesto, este cianuro no trasciende a la fruta, ya que la semilla no entra en contacto con la carne del fruto gracias al hueso, precisa la EFSA.

Al respecto, podemos recordar lo sucedido en 2017, cuando saltó a la palestra mediática la historia de un australiano que ingería un extracto de semillas de albaricoque que él mismo sintetizaba y que estuvo a punto de morir envenenado por esta sustancia. Con ello pretendía ponerse a salvo de una posible recaída de su enfermedad. Aunque en España no está prohibida su venta, en Australia no es posible comercializarlo desde 2015, motivo por el que este ciudadano optó por elaborar su propio producto 'milagroso'. No hay evidencias científicas de que prevengan el cáncer, pero sí que existen casos documentados de envenenamiento por cianuro e incluso muertes por comer estos granos.