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El síndrome del recomendado (II). Cuando el paciente es médico
'¿QUÉ TE PASA, DOCTOR?'

El síndrome del recomendado (II). Cuando el paciente es médico

Los sanitarios solemos ser reacios a realizarnos pruebas o procedimientos invasivos porque sabemos de manera fehaciente que no hay nada inocuo. Ni somos buenos pacientes ni solemos ir al médico

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Mi abuela tenía una frase demoledora: "Yo al doctor no voy porque me revuelve". Esta creencia popular de que el médico tira de un hilo imaginario atado a tus entrañas para sacarte enfermedades se la he oído a muchos pacientes a lo largo de mis años de profesión. Y no está lejos de ser cierta. Los métodos diagnósticos cada vez son mejores y cualquier dolencia se detecta, aunque esté todavía en fase incipiente. Y les aseguro que si te empeñas en pedir pruebas, culminarás con el objetivo deseado: el diagnóstico de una patología.

Foto: Pacientes vip: no todo tiene por qué ser bueno. (iStock)

Los sanitarios solemos ser reacios a realizarnos pruebas o procedimientos invasivos porque sabemos de manera fehaciente que no hay nada inocuo, que todo es susceptible de complicación y que ese hilo imaginario existe. Ni somos buenos pacientes ni solemos ir al médico. En un estudio publicado a mediados del siglo pasado en la prestigiosa revista Cancer, se calculó el tiempo que transcurría desde que un paciente detectaba un primer síntoma hasta el momento en el que decidía ir al médico.

Resultó sorprendente que los pacientes del estudio que eran médicos tardaban más en ir al especialista que aquellos que no tenían nada que ver con la medicina. Pero más insólito resultó el hecho de que los médicos que trataban a sus compañeros se demoraban más en confirmar el diagnóstico y en organizar su tratamiento que cuando se ocupaban de los enfermos legos en la materia. Los autores del estudio concluían que los galenos que trataban a sus compañeros se identificaban en exceso con ellos y llegaban, incluso, a confabular con el colega enfermo, negando la enfermedad.

Los médicos reaccionamos con vergüenza a nuestras enfermedades y llegamos a negarlas, incluso, si se trata de trastornos psiquiátricos. Creemos que la bata nos da poderes y nos hace inmortales. Este convencimiento, debido a un sentimiento oculto de invulnerabilidad ante tanta desgracia ajena, suele ser directamente proporcional al tiempo que llevas en la profesión, y perdura hasta que recibes un sopapo de cruda realidad. Está claro que el tiempo pasa de manera inexorable, y cuantos más años tienes (seas sanitario o no), mayor es la posibilidad de que un colega te tire de tu hilo y te saque alguna enfermedad inesperada.

"El sabor de mi propia medicina"

En la película El doctor, William Hurt da vida de un cirujano cardiaco prepotente, soberbio y distante al que se le diagnostica un cáncer. De la noche a la mañana pasa a ser paciente de su propio hospital y sufre, de sus propios colegas (a los que él defendía como excelentes profesionales), la misma frialdad y displicencia que él utilizaba con sus enfermos. El título original del libro en el que se basa, El sabor de mi propia medicina, no podía ser más apropiado. En el film, Hurt, una vez restablecido y de vuelta a su actividad, obliga a sus residentes a vestir un pijama de enfermo y a comer la comida del hospital, para que aprendan que el enfermo no es un número o una patología, sino un ser humano que, además de explicaciones técnicas, sufre y quiere consuelo. La película pasó sin pena ni gloria por las salas cinematográficas, pero debería ser obligatoria en las escuelas de formación de futuros sanitarios.

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Un médico-paciente que es tratado en la misma institución en la que trabaja es un vip por excelencia. No es famoso, rico o poderoso, pero causa un alboroto emocional. Ya comentábamos hace quince días que esta situación puede desembocar en una dinámica de exceso en solicitud de pruebas o, por el contrario, puede que se empiecen a pedir las menos posibles para reducir su sufrimiento. Todo cambia con un compañero. Hasta el discurso habitual se modifica y pasamos a abusar de los tecnicismos y damos más explicaciones de las necesarias porque nos sentimos examinados. Y si sucede una complicación, que suelen producirse precisamente por salirse de la rutina, una nube de pesimismo cubrirá todo el centro. "Es el síndrome del recomendado", mascullarán en los pasillos, como si existiese una ley exotérica del estilo "ley de Murphy para sanitarios".

El médico que está ingresado por una enfermedad no quiere recibir visitas condescendientes ni que le digan que "esto no es nada" o que "va a ir todo bien". Se conoce muy bien la jerga. Tampoco quiere decidir sobre sus tratamientos. Lo que desea es que alguien coja las riendas, asuma la responsabilidad, y que le quiten a él el peso de la decisión. Como suele decir Fredy Larsan, "la asunción de responsabilidad es el acto fundamental de la atención médica". Un cirujano que está a la espera de intervenirse nunca te dirá quién quiere que le opere. Con seguridad hasta prefiere entrar inconsciente a quirófano y desentenderse de todo. Y no resultaría extraño que no quiera ser atendido en su propio centro y se vaya al de enfrente, por timidez, miedo o porque sabe que siendo vip tiene todas las papeletas para que se complique lo suyo.

Bien está lo que bien acaba

La primera vez que supe lo que era el síndrome del recomendado era residente de cirugía. Un médico joven, de nuestro hospital, debía intervenirse para implantarse una prótesis valvular. En principio se trataba de una cirugía rutinaria, de riesgo pequeño, y nuestro colega entró en quirófano con confianza y muy animado. Durante el procedimiento quirúrgico se produjo una complicación muy seria y, después de más de catorce horas de intervención, nos temíamos lo peor. La única solución que quedaba era trasplantar su corazón en el mismo acto quirúrgico. Y con mucha suerte (puesto que no siempre están disponibles órganos para trasplantes), así se consiguió. Recuerdo su cara de asombro cuando despertó, muchos días después, y tuvo conciencia de lo que había pasado. Bien está lo que bien acaba (sobre todo en cuestiones quirúrgicas), pero solo de pensar lo cerca que había estado de morirse a todos nos producía flojera en las canillas cada vez que hablábamos con él en las visitas clínicas, durante su convalecencia.

Yo, como mi abuela, no voy al médico ni atado. Ahora bien, como aún llevo la bata puesta, es mi obligación recomendar que no hagan como nosotros los médicos

Recuerdo otro día que me encontraba con otro compañero en un pasillo. Las puertas del ascensor se abrieron y un celador salió empujando una cama con una paciente que iba a quirófano. Hasta ahí una escena cotidiana en un hospital de no ser porque que la enferma estaba tapada con la sábana hasta los ojos. Ese gesto tan inusual hizo que nos fijásemos mejor y descubrimos que era una compañera intentando pasar desapercibida. Se vio obligada a saludarnos con timidez y no fuimos capaces de preguntarle nada, para evitar que se sintiese más incómoda aún. Pensé que si hubiera estado en su pellejo me hubiera tapado la cabeza entera, como si lo que el celador empujaba fuese alguno recién fallecido. "Poco va tapada", comentó mi compañero, que razonaba igual que yo.

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Tengo un muy buen amigo cardiólogo que se jubiló el año pasado. En consonancia con su manera de ver la profesión a la que se ha dedicado en cuerpo y alma, envió un mail institucional de despedida a sus, ahora, excompañeros, diciéndoles textualmente y a modo de frase final: "Ahora paso a ser vuestro paciente". Y es que el tiempo podrá volar, dar la razón, curar heridas, no pasar en balde o lo que ustedes quieran, según el aforismo que les apetezca emplear, pero también es finito y va en nuestra contra. Hay que disfrutar cada momento y vivir de manera saludable para llegar lo más lejos posible, y para ello, la mejor medicina es la prevención.

Yo, como mi abuela, no voy al médico ni atado. Reconozco que no es la política más idónea, pero es la que aplico. Sí, sí, consejos vendo que para mí no tengo, pero no es menos cierto que no lo he necesitado. Cuando llegue el momento, colgaré la bata que me da superpoderes y dejaré que me tiren del hilo. Y si sale un carrete entero, pues intentaré mantener la dignidad que me quede y me dejaré llevar. Ahora bien, como aún llevo la bata puesta, es mi obligación recomendar que no hagan como [algunos de] nosotros los médicos, y acudan a consultar sobre su salud cuando así lo consideren pertinente.

Hasta dentro de quince días y que se mejoren.

Mi abuela tenía una frase demoledora: "Yo al doctor no voy porque me revuelve". Esta creencia popular de que el médico tira de un hilo imaginario atado a tus entrañas para sacarte enfermedades se la he oído a muchos pacientes a lo largo de mis años de profesión. Y no está lejos de ser cierta. Los métodos diagnósticos cada vez son mejores y cualquier dolencia se detecta, aunque esté todavía en fase incipiente. Y les aseguro que si te empeñas en pedir pruebas, culminarás con el objetivo deseado: el diagnóstico de una patología.

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