Hay patologías de las que se habla poco. Que permanecen ocultas, silentes, sin ocupar titulares ni acaparar la atención de la sociedad. Entre ellas tenemos la enfermedad de Crohn y la colitis ulcerosa, dos caras de un mismo trastorno —la enfermedad inflamatoria intestinal— que comparten muchas similitudes, pero con presentación clínica diferente. En ambas, la alimentación juega un papel fundamental: los afectados corren el riesgo de sufrir desnutrición y deshidratación, y comer de forma adecuada es uno de los pilares para la recuperación. Aprovechamos el Día Mundial de estas enfermedades para, de la mano de la Confederación ACCU, explicar con detalle cómo y por qué deben alimentarse las personas que las sufren.

El principal objetivo es evitar la desnutrición y la deshidratación, las dos complicaciones más peligrosas

El punto de partida, nos explica Rut Serrano, farmacéutica nutricionista y afectada ella misma de Crohn, es el de entender que "cada paciente es un mundo; por eso, el especialista intervendrá teniendo en cuenta los síntomas, su intensidad y la zona afectada". La zona es esencial: a nivel clínico, podemos decir que en la enfermedad de Crohn se afecta todo el tubo digestivo —especialmente al intestino delgado—, y en la colitis ulcerosa, solo el intestino grueso. "Son diferencias clínicas; después, las recomendaciones dietéticas serán muy similares y el objetivo principal el mismo: evitar la desnutrición".

Mala absorción de los nutrientes

Este riesgo está siempre presente en cada brote, y por cuatro razones fundamentales:

  • Los afectados sufren diarreas, que les hacen perder agua y muchísimos nutrientes.
  • Hay un problema de mala digestión y mala absorción de los nutrientes, dado que en el intestino delgado se produce la digestión y en el grueso, la absorción de agua, vitaminas y minerales.
  • La inflamación es un gasto energético para el organismo; en la recuperación, para restablecerse, se gastan más nutrientes.
  • Se produce una disminución del apetito. También se tiene miedo a comer por si produce más dolor.

La clave está, pues, en minimizar el riesgo de desnutrición y deshidratación (llega a suponer entre un 60 y un 70% de los casos). ¿Cómo se consigue? "Lo que se suele recomendar es comer de forma variada, equilibrada y casera. Optar por alimentos de más fácil digestión —el equivalente a una 'dieta blanda', aunque la expresión no sea correcta—, como aquellos bajos en grasas, en azúcares simples y con no mucha fibra, que nos suele sentar mal".

La fibra no suele ser una buena aliada de los enfermos. (iStock)
La fibra no suele ser una buena aliada de los enfermos. (iStock)

Pero todo esto dependerá del paciente: "Si a ti estos alimentos te sientan bien, adelante. Hay personas que pueden comer de todo en los brotes. No son recomendables las dietas restrictivas porque es fundamental que se siga comiendo". Por otra parte, no se puede hablar de alimentos prohibidos, ni tampoco de alimentos 'curativos': "Hoy por hoy, aún no se ha demostrado que haya ningún alimento que aumente la inflamación, ni tampoco que haya otro que pueda ser terapéutico".

Es inevitable que, hablando de intestino, surjan las palabras microbiota o probiótico. En este sentido, uno de los grandes avances de los últimos años ha sido el de lograr demostrar que los afectados tienen realmente alterada la flora intestinal, y se están estudiando cuáles son las cepas de virus o de bacterias implicadas en la inflamación. "Puesto que tenemos mal la microbiota, es lógico pensar que los alimentos fermentados, con probióticos o prebióticos, pueden sernos de utilidad. Con respecto a los suplementos, no hay evidencias científicas significativas de su utilidad; además, los que están comercializados incluyen cepas que no son las mismas de las que tenemos deficiencia".

Los fermentados, ricos en probióticos, suelen ser beneficiosos. (iStock)
Los fermentados, ricos en probióticos, suelen ser beneficiosos. (iStock)

Hay otra cuestión. Por mucho que 'alimentes' esa flora intestinal con probióticos, tenemos el problema de fondo, que es el de que el intestino está enfermo y ahí no querrán quedarse las bacterias beneficiosas, sino las nocivas. "Además, necesitan fibra para alimentarse, y como esta suele provocarnos molestias, no tomamos la suficiente".

Un último apunte, en el que Rut Serrano quiere especialmente incidir: "Se trata de enfermedades con una fuerte carga psicológica, con mucho sufrimiento detrás. Los enfermos tenemos muchos miedos con la alimentación, nos produce mucha ansiedad no poder comer. Y eso nos separa de nuestra vida social. Tenemos que salir de casa, asumir que no debemos aislarnos, sino prepararnos para estar en equilibrio y adaptados a la sociedad".